30 sept. 2015

Visita nocturna al Santísimo del Bar Pastís, ayer con Marta y Micó

De vez en cuando venzo a la pereza, renuncio como ayer por la noche a un partido europeo del Barça en la televisión y salgo a ver qué dan en el Bar Pastís de la Rambla Santa Mónica barcelonesa, como quien hace la devota visita nocturna al Santísimo. El Bar Pastís es una institución abierta en 1947 por Quimet y Carme –dos amantes de la canción francesa-- con la misma decoración cargada que conserva hoy. Lo regenta desde 1980 José Ángel de la Villa, contra los vientos y mareas que abundan en los bajos fondos portuarios. Programa desde hace más de veinte años música en vivo de martes a domingo. El establecimiento es
minúsculo, las comodidades para el público y los músicos las mínimas. A parte de los taburetes de la barra –de pura madera sin aditivos— el tugurio solo posee dos mesitas, la 18 y la 35: “La 18 és la de Huertas Claveria y la 35 la de Ovidi Montllor”, dice Ángel del Pastís los días en que dice algo.
Anclado detrás de la barra, todos le conocen por su humor cambiante. Es lo único que cambia en este templo vivísimo de otro tiempo. Además de las copas, brinda música en vivo como un acto de fe en la creatividad del estrato de artistas que no suelen ser valorados como se merecen en el circuito comercial. Y lo hace con el mérito inusual de la continuidad, día tras día. 
Ayer actuaban Marta y Micó, la pareja de filólogos seducidos por el tango (uno de los géneros musicales con mejores letras). José María Micó es poeta, traductor y catedrático de Literatura en la Universitat Pompeu Fabra, su mujer Marta Boldú es profesora de Literatura de instituto. Su último disco “En una palabra” se puede escuchar en Spotify, con tangos clásicos y un par de poemas y composiciones propias. 
La actuación de ayer ofreció versiones impecables de “Fuimos”, “Maquillaje”, “Sin piel”, “La última curda” o “Afiches”, así como temas propios de la talla de “La sombra de Hilario Méndez”, “Blanco y azul” o “Me alegra Valentina”. Tuvo asimismo el mérito de bucear con criterio en el repertorio argentino menos socorrido (excelente versión de “Bajo un cielo de estrellas”) y recuperar un tema de Carlos Gardel (“Sus ojos se cerraron”) para demostrar una vez más que cada día canta mejor. 
José María Micó es un buen letrista. Algún compositor de tangos contemporáneos debería aprovecharlo, consciente de la pérdida que significa su decisión de centrar en el blues el próximo CD “Las bocas de Ronsardo” con sus temas. 
Marta Boldú expresa y afina los tangos sin tacha. Supongo que su interpretación vocal plantea el debate estéril de si una voz catalana resulta excesivamente formal, contenida o desaborida para cantar tangos sin el imperativo genético de origen. No tengo esa sensación, siempre he sido partidario del mestizaje y la impureza étnica. Tal vez queda feo que lo diga yo, pero algunas de las mejores nuevas voces del tango que he escuchado en las últimas décadas son Mayte Martín y Miguel Poveda, dos catalanes. 
De la visita nocturna al Santísimo del Bar Pastís acostumbro a salir con la fe afianzada en la continuidad de las auténticas instituciones y en el valor de la música que surge sin intermediarios de la entraña de la ciudad.

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