24 oct. 2015

Las piedras de Venecia son agradecidas con John Ruskin y el buen gusto

El sol de mediodía en Venecia, que es un sol nórdico y contenido, da de lleno y hace resplandecer algunos días la fachada de la Pensione Calcina. A pesar de su nombre histórico, hoy es un hotelito de lujo de los más deseables de la ciudad, en el muelle de las Zattere. La fachada, muy bien mantenida, está estucada con un delicioso ocre terroso de chocolate y se ve ennoblecida por una placa de redactado evocador. En Italia la literatura de las lápidas conmemorativas logra a veces el toque de inspiración brillante sin perder el punto enternecedor de la grandilocuencia obligada. Está dedicada a recordar la estancia que realizó en el establecimiento el escritor, poeta y ensayista inglés John Ruskin, autor del famoso tratado Piedras de Venecia. Llevo muchos años pasando por delante deteniéndome y leyéndola como quien paladea una pequeña delícia. El redactado del mármol reza: “John Ruskin abito questa casa 1877. Sacerdote dell'arte nelle nostre pietre nello nostro San Marco quasi
in ogno monumento d'Italia cercó insieme l'anima dell'artefice et l'anima del popolo. Ogni marmo ogni bronzo ogni tela ogni cosa li gridó che bellezza e religione se virtú d'uomo la susciti è riverenza de popolo l'accolga. Il Comune di Venezia riconoscente". 
En realidad el libro Piedras de Venecia es un estudio de historia del arte basado en el ferviente puritanismo anglicano que profesaba Ruskin. No importa, su imaginación palpitante se veía secundada por una agudeza de observación, una sensibilidad ardiente y un estilo literario tan bien dotado que salvan el interés del libro con comodidad. 
Lo captó el prologuista de la traducción francesa de 1983 que releo ahora, el periodista y cronista de arquitectura del diario Le Monde, Frédéric Edelmann: “No importa que Ruskin descodifique correctamente o no los signos del pasado en materia de arquitectura, como se esfuerzan en demostrar sus críticos. No importa que su interés por el espacio sea inexistente o fluctuante, que su interpretación de la escultura, la pintura y el mosaico sea eficiente o no. Incluso sus torpezas recurrentes contribuyen a uno de los principales intereses del libro: la sensibilidad, la afirmación desesperada de esta sensibilidad. Sin ello la lectura terminaría en seguida, a la primera y más patente de sus equivocaciones, que gobierna el conjunto del libro. ¿Cómo puede pretender demostrar la fealdad adquirida por Venecia, cuando todo el libro es un canto pasional de la ciudad?”. 
Exactamente, la cuestión es esa. Algunos espíritus erráticos quisieran hacer creer que la decadencia representa la definición sublimada de Venecia. ¡Nada de eso! Venecia ha tenido que luchar a lo largo de la historia contra múltiples invasores y su última victoria consiste en arrancar de la retina de veinte millones de visitantes anuales las imágenes de pacotilla sobre la supuesta condición de ciudad-museo agónica, sumergida un poco más cada día en la tumba de agua de su pasado. No, ¡nada de eso! 
¿Dónde está la decadencia de esta ciudad sin ni un solo campo de ruinas ni ningún área cerrada al uso actual? Tras el telón de fondo de un pasado esplendoroso bulle hoy un laboratorio urbano del siglo XXI, donde veneciólogos del mundo entero estudian el futuro de los centros históricos, es decir de la mayor parte de Europa. 
John Ruskin encarnó de modo vibrante esa supuesta contradicción. Cada vez que paso ante la placa que recuerda su estancia en la Pensione Calcina, me detengo para paladearla con una vieja admiración, sobre todo si la ilumina el sol de mediodía.

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