19 nov. 2015

Las Voltes de Calella de Palafrugell serán engullidas por el mar

Los preparativos de la cumbre internacional convocada por Naciones Unidas a partir del 30 de noviembre en París sobre el cambio climático ha dejado claro una vez más, por si aun era necesario, que el efecto invernadero de les gases emitidos por el uso masivo de combustibles fòsiles (petróleo y carbón primordialmente) tendrá previsibles consecuencias catastróficas si no se reducen esas emisiones con medidas generales, por otro lado perfectamente estudiadas, viables o incluso aprobadas y no respetadas. Una de las consecuencias previstas es que la subida del nivel del mar, provocada por el aumento de la temperatura media del planeta, inunde franjas costeras actualmente habitadas por 280 millones de personas, por ejemplo en grandes ciudades
como Shangai, Nueva York, Sidney, Bombay y Hong Kong, además de otros territorios menos tipificados.
Entre esos territorios menos tipificados se encuentra el mío en Calella de Palafrugell. Es probable que a Naciones Unidas le importe un bledo Calella de Palafrugell, pero a mi no.
“La verdad es que nos internamos en un territorio desconocido y que la máquina se embala a un ritmo aterrador”, ha declarado el director de la Organización Meteorológica Mundial para acabar de tranquilizarme. Aprovechó para precisar que el nivel de concentración de gases de efecto invernadero batió un nuevo récord el año 2014. 
Es evidente que las oscuras previsiones afectarán en primer lugar a otros continentes más expuestos, porque el cambio climático golpea de entrada a los más pobres en recursos para combatirlo o a los más inconscientes (el norte de la China supera hasta 46 veces los límites de polución por culpa sobre todo de las centrales térmicas de carbón). Junto a la subida del nivel del mar, implicará fenómenos meteorológicos que reducirán los rendimientos agrícolas y añadirán el año 2030 un suplemento de 100 millones de pobres más a los actualmente existentes, según estudios del Banco Mundial. 
En la vieja Europa siempre nos consideramos de vuelta, los más civilizados, previsores y experimentados. Permítanme que lo dude. La prudencia más elemental no se limita a obligar a los motoristas a ponerse casco, també abarca cuestiones neurálgicas como esta. 
Si no se pone remedio de forma eficaz, si no se invierte la tendencia actual, las Voltes de Calella serán engullidas por el mar. A mi no me parece poca cosa ni tampoco una afirmación meramente simbólica. Para mi las Voltes de Calella no son un símbolo. 
Los espíritus más cínicos o más bobos siempre podrán decir que el mar solo recuperará lo que era suyo y tendrán una parte de razón, aunque no suficiente razón. Es cierto que cuando alrededor de 1750 se empezó a repoblar la franja litoral, después de la desaparición del peligro de los ataques piratas que la habían llevado a retroceder hasta las villas amuralladas del interior inmediato, las casas de los pescadores se situaban en una segunda línea en comparación con la actual.
Posteriormente la edificación fue avanzando lentamente hacia la playa, procuró embellecerla con el paseo marítimo correspondiente y le dio un perfil costero que hoy nos parece arraigadísimo, secular e inamovible, cuando en realidad es más reciente de lo que creemos. Se ha construido a lo largo de los dos últimos siglos y puede tardar mucho menos en ser engullido de nuevo por el mar por pura inconsciencia.

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