28 dic. 2015

La pasión que aun late hoy en las novelas de D.H. Lawrence

En pleno apogeo de la enfermedad moral del puritanismo, el novelista y poeta inglés D. H. Lawrence fue un vitalista inclinado a las pasiones carnales y la ternura, a escrutar y describir con franqueza y un cierto estupor el papel del deseo sexual en las relaciones humanas. Naturalmente, se exilió en Italia, México y el sur mediterráneo de Francia, donde murió en 1930, a los 44 años. Sus libros fueron prohibidos por la iglesia y los tribunales, sobre la base de un concepto filisteo, impúdico y aberrante de obscenidad. Ahora la editorial Alba acaba de publicar una nueva traducción íntegra
al castellano de la novela El arco iris, su mejor libro conjuntamente con Mujeres enamoradas, por encima de El amante de lady Chatterley que le daría la fama. David Herbert Lawrence permanece de actualidad, por fortuna.
Expulsado de Inglaterra junto a su mujer por inmorales (y por supuesto espionaje, ella era alemana), el largo peregrinaje de D.H. Lawrence pasó durante dos meses por Mallorca vía Barcelona, de abril a junio de 1929, desde donde escribió a sus amigos una poblada y vibrante correspondencia (recopilada por Aldous Huxley, parcialmente en castellano en dos volúmenes de 1984) sobre las impresiones de la isla y de su corazón apasionado y lírico. Poco después moría en la localidad provenzal de Vence. 
El novelista italiano Alberto Bevilacqua dedicó en 2006 la novela A través de tu cuerpo a narrar la veracidad del intenso ménage à trois entre D.H. Lawrence, su mujer y el carabinieri Angelo Ravagli cuando vivían en la localidad italiana de Spottorno, encubiertos en la célebre nov.la bajo la apariencia del matrimonio de Sir Clifford Chaterley y el fogoso guardabosques que trabaja a su servicio. El amante de lady Chatterley, prohibida oficialmente hasta 1961, es una novela inferior a El arco iris que ahora se reedita con una originalidad todavía fresca y voluptuosa, una naturalidad todavía sorprendente de las fuerzas inhibidas o desinhibidas de la vida. Para D.H. Lawrence la vitalidad de la vida no era ninguna redundancia, por eso se le relee con placer. 
Para algunas personas afirmar que la vida sexual existe debe ser como asegurar que hay vida en el planeta Marte, algo que no imaginan como imposible pero sí muy remoto. Algunas personas logran olvidarla, porque uno se acostumbra a todo. Otras no lo logran, porque no todos se acostumbran a todo. 
La vida sexual no es el único ingrediente de la vida de pareja, aunque sea sin duda uno de los más estimulantes, instructivos y saludables en condiciones de atracción compartida. Sin sexo hay poca verdad, sin amor tampoco mucha. Se puede vivir sin vida sexual, claro está, del mismo modo que se puede vivir sin piernas. La ausencia de vida sexual representa muchas veces la pruebaa punzante de un fracaso propio, ajeno o coaligado. 
Dentro de su febril correspondencia, pocos días antes de morir escribió desde el lecho en Vence: “Agradar a Dios significa realizar alegremente el trabajo que tienes entre manos y estar vivamente absorto en una actividad que te hace entrar en contacto con el corazón de todas las cosas; es un estado que logra cualquier hombre o mujer cuando está ocupado y concentrado en una tarea que le exige auténtica habilidad, atención o devoción. A eso podemos llamarle Dios”. 
A eso y al tema central de sus novelas. 

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