11 feb. 2016

Hoy ha llovido un poco, seguramente es noticia

Vivo en el último piso, bajo azotea, de modo que la lluvia repiquetea en el techo de casa con la precisión y el virtuosismo de un instrumento de percusión de chasquido graso que ya echaba de menos. Esta mañana ha llovido un poco, de forma tímida, sorda, en voz baja. La llovizna ha resultado inaudible en el techo de casa. Más que lluvia era una simple mojada. Sea como sea, he recuperado la gabardina del armario para salir a la calle. Debe ser noticia, llevaba tres meses sin llover. Hablar de sequía sería precipitado (las reservas de los embalses se encuentran a un 71% gracias a las lluvias almacenadas del 2014), sin embargo la inclinación al
catastrofismo siempre tienta a algunas almas propensas. Tendré que esperar más para escuchar desde la cama al repiqueteo de las gotas de lluvia en el tejado, un sonsonete que a veces me lleva a pensar en la prosa de Stendhal.
Ver llover mansamente desde la ventana puede ser un espectáculo suntuoso. Escuchar llover desde la cama representa un  concierto íntimo de música antigua, benigna y paternal, como el trémolo amortiguado de la banda sonora de las nubes, la respiración acompasada del cielo momentáneamente oscurecido y rebelde, la biofonía de la gran orquesta del paisaje, inclusive el paisaje urbano. 
Ya sé que en este país no sabe llover como en tierras atlánticas, poco a poco durante días, semanas o meses, con una indiferencia pasiva, sostenida, impecable. Aquí lo hace a sacudidas impulsivas o bien con un cuentagotas medio atascado. El glu-glu del agua es en el Mediterráneo de chorrito flaco, irregular, huidizo. 
Llueve pero llueve poco, es bien sabido. Debe ser verdad, no lo dudo. A pesar de todo esas consideraciones comunes no me arrastren a generalizar. A mi simplemente me maravilla escuchar desde la cama cuando llueve de noche o a primera hora de la mañana, muy de vez en cuando. Intento situarme en la misma longitud de onda que la lluvia, acoplarme a su eco, prestar atención a sus vocalizaciones para ver qué tienen por decir. A veces incluso charlamos, la lluvia y yo. 
Después, al levantarme, prefiero la alternancia pacífica del cielo lívido con un rayo de sol limpio, fresco, renovado. No hubo nunca lluvia que no escampe. Sobre todo aquí, me digo. Probablemente por la tarde podré acercarme hasta la orilla del mar sin gabardina.

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