28 mar. 2016

De Pals a Fontclara: caminata por el paisaje capaz de dirigirse al corazón y entrarle

Para celebrar el tiempo que tiene tiempo, hemos salido a caminar por los alrededores libres de Pals, Sant Feliu de Boada y Fontclara, contentos como si hubiéramos recibido el encargo de pintar el cielo y ventilar las musas pálidas. Lo hacemos al trote corto de caballos viejos, colocándonos en el punto intermedio entre las armonías del lugar y la trivialidad del mundo que nos quema dentro con la llama de las fantasías, ya sea a fuego lento algunos días o en turbulento burbujeo otros. El paisaje que cada uno siente como propio es aquel que tiene capacidad de dirigirse al corazón y entrar en él. Recorrerlo en solitario o bien en compañía cambia una parte de la perspectiva. En mi deficiente opinión, la amistad ayuda siempre a convivir con la realidad y el
aire libre es la música que murmura cosas aceradas a los astronautas de azotea como nosotros.
Arrancamos la caminata con brochazos amplios de colores fuertes, ferocidad pura y dura, impulso de genio y verdad. Las cosas han de tener un ritmo, pesante o tensado, pero un ritmo. Nuestra mirada inhala el paisaje casi con el sorbo audible de la sopa, lo escanea en un acto de estima seguramente instintiva aunque documentada, interrogante y pasablemente feliz. 
En tiempos de Josep Pla habrían calificado este paisaje de acuarela voluptuosamente caligrafiada por el trabajo de los payeses. Ahora deben compararlo más bien a una pizza Margarita con los ingredientes bien repartidos. No importa, sigue siendo mi paisaje, nuestro paisaje, en un momento del ciclo biológico apresurado por la benignidad del último invierno, en unas fechas que favorecen la reconexión con la vitalidad al alza de la naturaleza. Otras personas, en cambio, caen en la astenia primaveral o las irritaciones alérgicas. Nunca nos pondremos de acuerdo, es inútil 
Hay muchas maneras de mejorar el día o empeorarlo con el vuelo indisciplinado de la imaginación. Esta vez preferimos los enunciados sintéticos, algún adjetivo luminoso y unas metáforas reverdecientes que muerdan lo suficiente para salir del surco trillado con sentido del honor. Las cosas no tienen más sentido que el que somos capaces darles, por consenso colectivo o conjetura individual. 
Este paisaje ha cambiado forzosamente a lo largo del tiempo. Sin embargo para nosotros es el mismo de siempre, del siempre de nuestra vida particular. No necesitamos que cambie mucho, no nos aburre tal como lo vemos. Tampoco necesitamos que vuelva atrás, hacia la fantasía regresiva de una arcadia inventada. Nos conformamos con que las prótesis tecnológicas y los disparates constructivos no despunten demasiado. 
Hoy la única innovación real debe ser un cierto decrecimiento, un cambio estructural de los defectos más estentóreos de la organización social y la división del trabajo. Y que las pensiones de jubilación vuelvan a estar indexadas con el aumento del coste de la vida, como lo estaban antes del gobierno del PP, el mismo que subió el IVA de los artículos culturales del 8% al 21%. 
Mientras observo como los cereales de grano de arista levantan cabeza, pienso en una frase de mossèn Ballarín, un cura sin borlas ni galones: “El peor pecado de todos es ser un mierda seca”. Sin dejar de caminar en compañía y al trote corto por los alrededores de Pals, Sant Feliu de Boada y Fontclara, le doy toda la razón y no necesito más.

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