3 mar. 2016

Nuestro Flaubert nos escribe desde Perpiñán, léanlo.

Llevaba tiempo sin leer en versión original catalana un libro tan mal pergeñado y tan bien escrito. Tal vez se trata de un instant book de encargo editorial, pero no obsta que el talento literario sobresale por las costuras y se permite ofrecer entre líneas auténticas exquisiteces, párrafos que despiertan el entusiasmo, la relectura y el sombrerazo. Hablo de la Guia sentimental de Perpinyà que acaba de publicar Joan Daniel Beszonoff. El libro, montado a base de capítulos cortísimos, es exageradamente desigual, aunque las perlas que contiene lo compensan todo. Hoy es un hecho admitido que la correspondencia de Gustave Flaubert con sus amistades y sus amantes, repetidamente editada, supera a muchas de sus novelas por la franqueza, la
espontaneidad, el vitalismo y el genio directo que utiliza sin filtros ni estructuras de elaborada ficción argumental. El Flaubert en estado puro, a chorro, se encuentra en la correspondencia.
Como es sabido aunque quizás no siempre se tenga presente, una parte de Catalunya se encuentra en Francia y produce a cada generación algunos escritores de expresión catalana y formación francesa. La bipolaridad tiene su qué, salta a la vista. 
En el caso de Joan Daniel Beszonoff, la impertinencia forma parte del genio, tanto si gusta como si no. También forman parte el arrebato, la delicadez de la percepción y un cierto candor asumido, cueste lo que cueste, como prenda de autenticidad. 
Si los escritores en lengua catalana lo tienen imposible para vivir profesionalmente de lo que publican, los roselloneses o catalanes franceses más aun, ni que sean reconocidos y prolíficos como él. Eso segrega un punto de acidez, de mala leche o desahogo de melancolía, que se incorpora al genio como un toque de vinagre. 
Yo también publiqué en 2006 una guía sentimental de la capital rosellonesa, en el mismo grupo editorial que ahora él publica la suya. Se tituló A tres quarts d’hora de Perpinyà. Joan Daniel Beszonoff le dedicó en la prensa barcelonesa donde colaboraba una reseña escéptica bajo el título “El enamorado de Perpiñán”. No tiene importancia. Lo que cuenta, lo único que cuenta, es que a él le gusta como a mí esperar a los amigos en la terraza del café de la Poste leyendo la prensa. 
Junto a sus celebradas novelas, Beszonoff es autor de la frase, repetida en múltiples entrevistas: “Soy francés, aunque me estoy curando”. A veces ha añadido: “A mi me hubiera gustado ser español”. Se trata de un exceso de lenguaje sin importancia. La realidad y su propia literatura van por otro lado. 
También ha repartido con generosidad el adjetivo de “botifler” (traidor) a autores catalanes que han practicado la francofilia (Gaziel, Comadira) y en algunas ocasiones le han replicado. En sú último libro le cae el garrotazo al venerable Antonio Machado, enterrado en Collioure. Pero eso tampoco tiene importancia, forma parte de la bestia literaria. 
Lo que cuenta, lo único que cuenta, es el genio de la escritura que Beszonoff brinda en algunos capítulos de Guia sentimental de Perpinyà, como los titulados “Sant Aciscle”, “Deambulaciones” o “El Vernet bajo la llovizna”. ¡Alta literatura e inmensa gratitud lectora!



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