5 may. 2016

Elogio vivido de la primera luz del día, como la de hoy

No siempre he sido mañanero, últimamente sí. La primera claridad me despierta la avidez de mirar el mundo. La misma atmósfera que la noche anterior me parecía agotada, comparece de mañanita llena de promesas, suave, acogedora como una sabana limpia, barnizada con colores nuevos. Me produce una sensación de pequeño prodigio cotidiano. Me lleva a esbozar una sonrisa, avivar el paso, enfocar la mirada, acoger la caricia del sol con un saludo celebratorio y sentir la esperanza activa de no llegar al atardecer defraudado. La luz que insinúa el primer sol mañanero, la plenitud que anuncia me inspira confianza, como una garantía de continuidad regulada desde mucho más arriba que las veleidades de las reglas
humanas. Ninguna otra hora del día tiene la misma luz, proyectada de golpe desde la oscuridad. Ninguna otra tiene la misma "Força estranha": "Aquele que conhece o jogo do fogo das coisas, que são é o sol é a estrada é o tempo é o pé e é o chão"...
El escenario del mundo pasa en pocos instantes de un estado visual a su contrario, cada mañana. Todo aquello que se hizo oscuro, incierto o huidizo revive con contrastes despiertos y una energía recién nacida, tonificado por otros tonos de las mismas cosas. El viejo Homero habla en la Odisea de la aurora de los dedos de oro. Yo le encuentro algunos días un color azafranado, otros achampañado.
Las siguientes horas del día tienen sin duda sus propias virtudes, cuando el sol está en lo alto. La luz del atardecer resulta posiblemente más sabia, más vivida, aunque también más castigada por los excesos de intensidad, abrumada por su condición de canto del cisne, de reflejo crepuscular justo antes de ponerse de fatiga. 
No lo experimento solamente en el instante matinal de abrir la ventana sobre algún paisaje de excepción, como el que describe Verdaguer en “Els dos campanars”, del poema Canigó: “Mes l’endemà al matí, al sortir lo sol, recomençant los càntics que ells acaben, los tudons amb l’heurera conversaven, amb l’estrella del dia el rossinyol. Somrigué la muntanya engallardida com si estrenàs son verdejant mantell; mostrà’s com núvia de joiells guarnida; i de ses mil congestes la florida blanca esbandí com taronger novell...”. 
No, no. Lo compruebo en mi entorno cotidiano, en la calle de casa, a la hora en que las madres y padres del barrio llevan los niños a la escuela con un paso decidido y puntual, los tenderos levantan las persianas y despliegan la mercadería con confianza renovada en el negocio, el kiosquero apila y ordena los diarios todavía manchados de tinta fresca y los adolescentes se congregan en la esquina para ir juntos hasta el instituto. La cara de toda esta gente refleja de mañanita la confianza que extraen de la primera luz. La humanidad recién duchada revive como una derivación, una consecuencia de la luz naciente. 
La claridad de cada mañana tiene, desde luego, circunstancias cambiantes. Las nubes se instalan algunos días de un modo que parece monolítico, inamovible. Son mañanas cansadas antes de empezar, propensas a otro tipo de recogimiento, a un tránsito de espera durante el que las horas se entremezclan en una emulsión de fluidez más lenta de pasar. Conozco a personas a quien eso agrada, tal vez porque les complace la introspección y saben disfrutar más que yo de las grisuras, conciliados con el lado sombrío de la vida. 
Las mañanas de lluvia dan paso a una función clorofílica replegada aunque igual de necesaria, nos guste más o menos. La tarde, muchas veces, luce de nuevo casi como cada día, con la avidez de mirar el mundo.

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