17 jun. 2016

Caminata ampurdanesa en llano hasta Pedrinyà, el ombligo del mundo

El auténtico obligo del Empordà, considerado como un mundo, está en Pedrinyà: un claro de bosque con 9 habitantes agregado al municipio de La Pera, que tiene 450. No debe confundirse con el otro Pedrinyà, agregado al municipio de Crespià en la comarca bañolense vecina del Pla de l’Estany. Admito que el consenso general sobre el rango nuclear del Pedrinyà ampurdanés pueda ser relativo, pero en esta vida todo es relativo. Si los incrédulos llegan a Pedrinyà dando un paseo a pie por los caminos del valle de La Pera en compañía de algún amigo dialogante y socrático, como yo hice anteayer con Miquel, lo entenderán sin dificultad. El anfitrión me esperaba a primera hora de la mañana con su coche en la estación de tren de Flaçà,
que es el Charing Cross o la Gare Saint Lazare del Baix Empordà, el centro distribuidor de los desplazamientos más locales para los usuarios del transporte público combinado con el privado. En toda la comarca no hay ninguna estación más con parada del tren de Media Distancia entre Barcelona y Port Bou (la anterior es Girona y la siguiente Figueres, ya en el otro hemisferio de l’Alt Empordà).
Tomamos el café matinal en el bar de la estación de Flaçà antes de trasladarnos en pocos minutos con el coche hasta La Pera. A partir de ahí empezamos a caminar bajo un cielo espléndido que la tramuntaneta había dejado limpio como una patena y tonificado como un deseo adolescente, visceral y hondo. 
Los caminos del valle de La Pera tienen una fama merecida de pequeño y secreto paraíso terrenal, si se recorren en día laborable de entre semana (los fines de semana el país en general adopta una doble vida y cambia mucho). Sus bosques son amables, calmados y amenizados por pájaros audibles, el minifundio de los sembrados aparece bien ordenado, las rieras fluyen a punto de desguazar pacíficamente en el Ter, los campanarios se ven coronados por pináculos góticos de discreta elegancia y algunos hostales se han especializado en legendarios guisados de pies de cerdo. 
Caminamos toda la mañana mientras charlábamos de nuestras cosas y en determinados cruces nos equivocamos de ruta, aunque perderse en algún momento por los caminos del valle de La Pera importa muy poco, incluso resulta recomendable, igual que en los callejones acanalados de Venecia. Cualquier desvío o cualquier atajo forma parte del mismo microcosmos en red y desemboca tarde o temprano en el destino deseado, mientras desfilan robles, nogales y granados como no se ven en ningun otra parte.
El conjunto de caminos del valle de La Pera son un lujo de la naturaleza puesta en llano, dentro de una sencillez trabajada con mucho acierto por el paso del tiempo y de los hombres, hasta darles una dimensión escultórica vivaz, sutil y cromática aparentemente espontánea, una combustión del genio del lugar que balancea por la fricción del aire sin abstracciones ni decorativismos de land art
En Pedrinyà no nos esperaba nadie, aunque sabíamos positivamente que encontraríamos a Pere Garangou. Vive ahí con su mujer desde que se jubiló de la fábrica papelera Torres Domènech de Flaçà, ahora bordea los 80 años y es el responsable del huerto y el jardín más primorosos de la comarca, peinados por él como un cuadro de pintura de caballete alrededor de la milenaria iglesia románica de Sant Andreu de Pedrinyà, que puede abrir mediante una llave gigantesca si se lo piden. A nosotros nos la abrió con toda hospitalidad. 
Descansamos de la caminata en su interior mientras pegábamos la hebra con él. Ya no acoge la misa sw los domingos, porque el rector de La Bisbal debe atender quince parroquias distintas y compartir el vicario con Palafrugell. La restaurada iglesia románica se ha convertido en un elemento más del huerto y el jardín más primorosos de la comarca, en el recóndito paisaje de acuarela del valle de La Pera que Pere Garangou mantiene con sus manos en un estado de revista impecable y luciente. 
El atractivo culminante de este punto preciso, minúsculo y capital del paisaje ampurdanés no es la elevada belleza plástica, sino el valor interpretativo que le atribuimos en nuestro espíritu como demostración de la capacidad humana de modelarlo y gozarlo sin más tensiones que las inevitables. No se trata de ninguna sublimación, una estilización de un arquetipo ideal, una maleta vacía. 
Los caminos del valle de La Pera son absolutamente reales y actuales, forman parte de un mercado vigente y de su lucha sorda. Cuando se pasea ahí con cierto conocimiento, actúan de lenitivo sobre el estado de ánimo, sobre el anhelo, el deseo o la ilusión de los caminantes capaces de valorarlos y contribuir a ellos con sus pasos sin duda esforzados, pero sobre todo orgullosos de un amor correspondido. No facilitan excusas ni resuelven nada por sí solos, pero ayudan, ¡vaya si ayudan!
El maestro de periodistas que fue Manuel Ibáñez Escofet escribía el 19 de abril del 1982 en el diario La Vanguardia: “Mientras ocurren todas estas cosas en el lavadero público electoral, el día de ayer fue precioso. El sol estuvo en su sitio, el aire era fino y estimulante, el mar respiraba con tranquilidad, el campo era una maravilla. La primavera reinaba con todo su esplendor. Y esto es lo que cuenta. Los hombres y las mujeres pasan. Y los políticos, no digamos. Lo que queda es esta verdad última que da tono y personalidad a los pueblos y a los paisajes, una verdad que nace de la tierra y de las gentes que la habitan, desde siglos o desde hace cuatro días”

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