26 jun. 2016

Genio, verdad y secreto de la pérgola, vista como reducción del paisale a la esencia

La pérgola es una de las estructuras más amables, básicas y lúcidas que el hombre ha inventado, una de las expresiones más depuradas  de la hospitalidad, la inteligencia activa del jardín funcional y utilitario, el lugar más idóneo de todos para arreglar de una vez el mundo durante una sobremesa o, simplemente, dejar que vaya tirando. Este tipo de construcción vegetal, espontáneamente bioregulada por la sombra del verano y los cálidos rayos de sol del invierno, es como un iglú íntimo y a la vez aireado, un órgano que late con sabiduría emotiva, un paisaje reducido a la gota de su esencia, una ofrenda complaciente del rebrote de humanidad de la naturaleza civilizada, una fuente que
mana el frescor picante del placer anhelado y reencontrado por sorpresa con la precisión y la claridad de la inmediatez, una figuración sentimental de la idea de refugio incapaz de encerrar, cuadricular o inmovilizar todo lo que fluye, una reducción a escala doméstica y alcanzable de la ingeniería y la tecnología de las cosas, una mínima utopía materializada, una confluencia feliz de la polaridad entre naturaleza y cultura, un punto focal de la estructura humana que siempre –o casi siempre-- ayuda a vivir.
Mi devoción por las pérgolas no es beata ni acrítica. Trato de discernir en esa predilección los materiales  de la realidad, detectar el misterioso equilibrio de su coherencia y presentir a los vendedores de humo que pretenden confundir la carrocería con el motor. Hay pérgolas carísimas de baja calidad, y viceversa. 
La pérgola civiliza un espacio abierto, lo acerca humildemente al paraíso perdido por culpa de no sé qué pecados originarios, lo cubre de delicadez y armonía, le añade genio y secreto al mismo tiempo que le otorga un grosor poético, una verosimilitud distinta de la realidad habitual, una pausa amable de las tribulaciones e incertidumbres, un rumor ingrávido y una fragancia vibrátil que revigorizan el alma después de las fatigas de los días y la compensan de los vandalismos acostumbrados, las inquietudes insatisfechas, la tozuda insolencia de los hechos en bruto, el imperio del dinero y la impunidad de los poderosos.
La pérgola, como el amor y como tantas otras cosas, es un acto de fe en la capacidad de modular, con algo de fraternidad y acierto, una convivencia en paz. Los placeres más básicos pueden ser los más lujosos: escribir a la sombra de un porche emparrado, percibir el olor de tierra mojada o el aroma del pan recién horneado, observar los colores cambiantes de los árboles. Las cosas auténticamente importantes se deciden bajo una pérgola, una parra o un cañizo. Todo lo demás son reuniones.



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