26 jul. 2016

Conviene salvar el molde de algunos fabulosos bares de carretera

Ahora que acaba de abrir en Barcelona el último mega-restaurante de mega-famosos con mega-presupuesto, es preciso romper una lanza en favor de los modestos y fabulosos bares de carretera que están desapareciendo del mapa. Por un lado, el futbolista Leonel Messi y sus hermanos se han asociado con los tres hermanos Carlos, Borja y Pedro Iglesias (propietarios de otros restaurantes de la ciudad como el Rías Baixas y asociados asismismo con los hermanos Adrià en Espai Kru) para invertir la bagatela de 2,5 millones de euros en los 1.000 m2 interiores y 1.000 más de jardín exterior del establecimiento de la calle Enric Granados 86 bautizado Bellavista del Jardín del Norte, que todos llamarán con mayor probabilidad el
Jardín de Messi.  Por otro lado y en paralelo, todo el mundo conoce en sus carreteras habituales viejos establecimentos que ofrecían con enorme modestia pequeñas maravillas de la cocina básica y que han ido cerrando porque ahora la clientela se desplaza por autovías y autopistas.
En mi caso, llevo muchos años recorriendo en coche el trayecto entre Barcelona y el Empordà, que a veces alargo hasta Perpiñán. A lo largo de este itinerario tenía mi lista de bares de carretera predilectos y en algunas ocasiones podía llegar compartrla con los mejores amigos como un tesoro escondido. 
Servían unos embutidos suntuosos, unas comidas y cenas de admirable moderación y alta calidad. No queda casi ni uno, porque en la actualidad esos trayectos se hacen sin dejar la autopista ni las autovía, donde detenerse en la cuneta queda descartado. Los pocos supervivientes se han refugiado en carreteras secundarias y subsisten como un tesoro más escondido todavía. En esos locales también se viven experiencias culinarias de altura, porque los productos de alta gama también pueden ser sencillos, aunque lo más habitual sea la expeditiva solución de la facilidad, tanto en los establecimientos caros como en los económicos. 
Sigo peregrinando, como quien dice de rodillas, a la leyenda viva del desayuno de tenedor de Can Carola, al pie de la carretera de Vila-sacra, cerca de Figueres. La peña especializada Tripa amb Cap-i-Pota certifica en su blog que aquí se comen los mejores callos del país, y saben de lo que hablan. 
Sin abandonar la comarca, en el bar con terraza de la Cooperativa Vinícola de Garriguella, abierto en 2009 a pie de carretera, ofrece desde primera hora la butifarra de la carnicería Joan i Helena de la localidad, líder mundial de la especialidad a mi entender. Esa butifarra facilita unas mañanas de base segura y confiada, acompañada a la hora del desayuno con el pan de tronquet transido de tomate y aceite de oliva del lugar (la botella de vino de la cooperativa no la cobran, es obsequio promocional de la casa). Los gorriones que esperan a saltitos las migas caídas de las diez mesas exteriores dirigen a los comensales una mirada tierna como la sonrisa de un niño y ya forman parte integrante del genio de una de las terrazas más sencillas y extraordinarias de las que frecuento. 
A la entrada de Palafrugell, al abandonar la autovía de rigor, subsiste Ca la Filomena, en el cruce de toda la vida de la carretera de Palamós a La Bisbal. Ahora lo regenta por vía familiar Alfons Peiró Torrent, que yo todavía conocí encima del tractor, con la Mari en la cocina y la Simo al servicio de las mesas. El establecimiento no invierte en imagen, marketing ni relaciones institucionales. 
En invierno la sala con chimenea prendida acoge el viajero como un abrazo materno (algunos jugadores de manilla gritan demasiado, pero a los puntales del establecimiento se les permite). En verano brinda un patio emparrado de categoría. Las ensaladas de tomate y cebolla, la panceta con huevos fritos, la carne a la brasa y los arroces son estratégicos, como la situación de la casa. Josep Pla era vecino y la cita inevitablemente en alguna ocasión, concretamente en la página 25 del volumen 39 de la Obra Completa, El viatge s’acaba, aunque la transcripción es incorrecta y aparece escrito “Cala Filomena”, como si se tratase de una playa. 
Los últimos bares de carretera como estos deben ser algo muy secundario en la cotización oficial, pero es que la cotización oficial se equivoca, ya sea por ignorancia, papanatismo o interés. La lista es más larga, óbviamente, aunque se vaya reduciendo a marchas forzadas. Cada uno tiene la suya y es necesario que la valore.

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