5 jul. 2016

La incomodidad histórica y actual en el Cotton House Hotel barcelonés

Ayer me dieron cita y entré por primera vez al bar del hotel Cotton House de la Granvía barcelonesa, pared por pared con el Palace (antes Ritz). El nombre y el edificio no son más que la adaptación pretenciosa de la antigua Casa dels Cotoners, la sede de la patronal del ramo que reunió a la flor y nata de la burguesía catalana, el “sanedrín” tan bien descrito desde dentro en las memorias Una vida entre burgesos, de Manuel Ortínez, que fue su consejero-delegado, o retratado desde fuera en varios libros del historiador económico Francesc Cabana. La emblemática sede representativa del lobby algodonero catalán convertida en hotel rococó por “el aclamado interiorista Lázaro Rosa-Violán” (según
el web del establecimiento, que prescinde de versión en catalán) es todo un símbolo del auge y caída de un sector industrial que fue protagonista de la economía del país.
La reforma ha conservado los elementos originales del edificio neoclásico construido en 1882 por el arquitecto Elías Rogent y reformado en 1957 para los algodoneros por Nicolau María Rubió i Tudurí. En el vestíbulo se muestran algunas fotos en pequeño formato del anterior uso. Las actuales dependencias son un despliegue de lujo de talonario, de un gusto y una capacidad de acogida francamente opinables. 
La inauguración del Cotton House Hotel coincide con la publicación del libro El imperio del algodón, del historiador de la universidad de Harvard Sven Beckert, finalista del premio Pulitzer del pasado año. Describe la cara oculta de la industria más importante del mundo en el crecimiento del capitalismo hasta 1900, asentada sobre la explotación inhumana de los esclavos en las plantaciones y de los trabajadores en las fábricas. Leído en la terraza exuberante del Cotton House Hotel del Eixample barcelonés, después de transitar sus salones sobrecargados, contribuye mucho al sentimiento de incomodidad.

La revolución industrial fue un poderoso motor económico mal controlado y mal repartido. Acabaría por transformar la estructura de la economía, de la población, de las clases dirigentes y del paisaje. El progreso resultó enormemente desigual según la clase social, de manera que la miseria de muchos trabajadores se acentuó con la mirífica industrialización. El acelerado progreso técnico no era incompatible con una política conservadora y causó numerosos estallidos de protesta popular. 
El historiador Patrick Verley afirma en el libro La Révolution industrielle: “La insalubridad de las condiciones de vida urbana fue ampliamente responsable del crecimiento de las enfermedades, la mortalidad y la miseria fisiológica, cuya evidencia convierte en indecente la tesis de la mejora de los niveles de vida”. 
Ahora debe ocurrir algo similar con los actuales sectores económicos emergentes, por ejemplo el turismo y sus hoteles de decoradores “aclamados”.


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