19 jul. 2016

Retorno a la pinacoteca milanesa de Brera con un solo objetivo

El útimo fin de setmana pesé por Milán y no pude prescindir de volver a entrar a la Pinacoteca de Brera con un solo objetivo. Los visitantes de museos suelen recorrerlos de forma maratoniana. Yo prefiero contemplar una sola obra de mi elección ciertamente aleatoria, pero propia. Me encamino directamente a lo que me interesa. Me concentro en una limitación asumida, la encuentro más gratificante que la generalización. La bulimia y la novedad ya las pasé en su momento. En la milanesa Pinacoteca de Brera, segundo museo italiano por la riqueza de las colecciones después de los Ufizzi de Florencia, mi elección es la Sala 24. Solo contiene tres cuadro, tres obras maestra. La propia sala --las paredes--, es la
cuarta. La remodelación moderna de esta sala fue encargada en 1983 al arquitecto Vittorio Gregotti, quien la convirtió en un do de pecho de la elegancia reconocida a la arquitectura y el diseño milaneses.
La excusa fue el quinto centenario del nacimiento de Rafael, del que se expone el famoso cuadro Los Desposorios de la Virgen. La desnudez de formas puras de la sala –puras de líneas y de concepto—realza los tres cuadros que contiene, uno solo por pared. La cuarta es el público, como en los teatros.
Han dispuesto seis asientos, seis sitiales que me llevan a regresar. Sentado, contemplo a la derecha la estimadísima Pala de Brera, célebre retablo de Piero della Francesa. En frente Los Desposorios de la Virgen. A la izquierda el flagelado y casi amable Cristo alla colonna, de Donato Bramante. 
Ninguno de los tres insignes cuadros ejercería la misma atracción fuera de esta sala, de este contenedor imaginado con líneas deliberadamente tan sencillas. Para remachar la opción el arquitecto revistió las paredes de estucado gris, dentro de otra lección sobre el mordiente de un color a menudo malinterpretado. 
Las otras salas del museo se mantienen dentro de la rutina, por más que expongan joyas de valor incalculable. También se mantienen dentro de la rutina los vigilantes que las ocupan. Es probable que la tarea de vigilante de museo sea mal pagada, tediosa y sin suficientes perspectivas de ascenso profesional, como esclavos del arte y del sueldo mínimo asqueados de ver siempre la misma belleza sin tener ganas, insensibles ante el desfile de visitantes movidos por un impulso de seducción que ellos no sienten. Los vigilantes de museo representan la contraimagen realista de la belleza que custodian, indolentes, lánguidos, aturdidos ante la vida que ven pasar con ojos legañosos y el peligro de contagiar su desgana. 
Por eso acudo a la Sala 24 de la Pinacoteca de Brera a la hora exacta de la apertura, a las ocho y media de la mañana. Muchos días aun no ha llegado el vigilante y no ha podido contagiar a la atmósfera la incomodidad de su presencia inapetente. El vigilante y los visitantes suelen comparecer a partir de las nueve. Me dejan media hora de plena intimidad con Piero, Rafael y Bramante. 
La sala tiene un solo inconveniente: el rumor que emiten los aparatos de refrigeración ocultos en el falso techo. Se trata al fin y al cabo de una disfunción venial, si se pone la condescendencia indispensable, la predisposición a dejarse seducir que los visitantes de los museos debemos llevar siempre puesta al entrar.



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