23 ago. 2016

La venta en oferta de la isla de S’Espalmador me tienta poderosamente

Marcharme a vivir a una isla deshabitada es un sueño menos descabellado de lo que podría parecer, sobre todo desde que los propietarios privados del idílico islote ibicenco de S’Espalmador, el arquitecto barcelonés Normand Cinnamond Planas y su hermana Rosy, han anunciado que rebajan de 24 millones de euros a 18 millones el precio de venta, ante la falta de comprador durante los últimos años. La isla había sido adquirida por su abuelo a la familia de Carlos Tur el año 1932 por 2.000 duros. S’Espalmador es un punto crucial, una clave de bóveda del rosario insular que une a Ibiza con Formentera a través de los Freus y el paso de Es Trocadors, uno de los lugares más afortunados del
Mediterráneo y los cinco mares del mundo, con arenas blancas y aguas esmeralda, batidas en verano por tempestuosas olas de yates.
Cuenta a lo largo de 137 hectáreas con dos casas y una ermita, en la que el propietario contrajo matrimonio en agosto de 2001 con Pilar Garrigosa Laspeñas, en el marco de una boda polinésica en la finca carente de electricidad y agua corriente.
El planeta Tierra, que en realidad debería llamarse Agua (las tres cuartas de su superficie son líquidas) está repleto de islas, incluso en Catalunya. La cantidad de islas de la Tierra es tan infinita como las estrellas del cielo y cada una es un mito. Los atlas certifican 400.000, sin contar las fluviales. Algunas primeras potencias mundiales son islas: el Reino Unido, Japón... Islandia se llama así porque reúne 18.000 islas e islotes.
La Ciudad de Venecia es una isla. El meollo de París es la Ile de la Cité y el de Nueva York la isla de Manhattan, comprada el año 1606 por un colonizador holandés a los indios autóctonos por un lote de telas, collares y quincallas valorado en 24 dólares de la época, del mismo modo que España vendió las islas Carolinas y las Marianas del Pacífico a Alemania por 25 millones de pesetas en 1899. Tan solo el Mediterráneo hispánico suma más de 200 islas menores, al margen de la entidad mayor de las Baleares y Pitiusas. 
Reseguir los territorios insulares sobre mis papeles me despierta una fascinación infantil, una curiosidad insaciable. Su atracción me arrastra a cabotajes fabulosos hacia atmosferas yodadas y libres. 
Alguien podría pensar que Catalunya es un país carente de islas. La verdad es que tiene un puñado, mal conocidas. En el tramo catalán del Ebro, entre Flix y la desembocadura, se cuentan una veintena de islas fluviales. Una de las más pequeñas, la del Nap, al paso del río por Benifallet, fue vendida en 2004 por el propietario privado a través de una empresa inmobiliaria al precio de 94.960 euros, tras divulgar un anuncio que rezaba: "Preciosa isla en medio del río Ebro de una hectárea de terreno plantado de naranjos y casa de labranza". 
Las islas Formigues y las Medes, en el Empordà, forman parte de mi educación sentimental. La isla de Portlligat, en Cadaqués, se encuentra protegida como parque natural, a diferencia de la vecina isla privada de S'Arenella, que sigue siendo de residencia particular. 
La propiedad privada de algunas islas y por lo tanto su compra-venta ha sido una constante, en Catalunya y en todas partes. El año 1990 una agencia inmobiliaria mallorquina puso a la venta por 24 millones de pesetas S'Illeta, a setenta metros de la costa de Sóller, con una extensión no edificable de 33 hectáreas, sin suministro de agua corriente. 
En 2007 se vendió la isla ibicenca de 6 hectáreas de Sa Ferradura, por un importe que la revista norteamericana Forbes cifró en 32,99 millones de euros. La de Tagomago, en las mismas aguas, habitada hasta 1960 por una familia en la casa de labranza, se había vendido poco antes por 7,5 millones de euros. La verticalidad alucinada del islote ibicenco d’Es Vedrà también es propiedad privada de una decena de familias de su término municipal, Sant Josep de Sa Talaia. 
En 2006 el gran propietario ibicenco Abel Matutes, ex ministro del Partido Popular, reveló que la isla Conillera era de su propiedad y que estaba dispuesto a donarla al gobierno autonómico del Consell d’Eivissa i Formentera si cambiaba la calificación urbanística y construía una residencia para les personalidades que suelen llegar de visita a la isla y a él.  
No he podido aprovechar hasta ahora ninguna de esas oportunidades del mercado de la propiedad, aunque la rebaja del precio de S’Espalmador me pone de nuevo la miel en la boca. El inconveniente son los piratas modernos. Este mismo mes de agosto una bengala lanzada desde un yate ha quemado una hectárea de sabinar en S’Espalmador. 
Pese a los inconvenientes, la oferta me tienta poderosamente. Yo me hice mayor con la visión de las islas Formigues como referencia de mi horizonte y todavía en la actualidad me embobo ante ellas de vez en cuando, complacido, con una ilusión que debo defender frente a los incrédulos y frente a mí mismo. Cualquier isla parece alejada, aunque se encuentre a dos millas de la costa. 
Cada persona debería poder encontrar su isla dentro del casino global. En inglés la palabra island se acerca mucho a I-land. En catalán "illa" se acerca a “ella”, que no deja de ser otra isla, otro sueño permanente de media humanidad a propósito de la otra media. Cada persona es una isla, una maqueta del mundo, un efecto lupa, un territorio off-shore, una migaja confidencial de tierra emergida. 
En S’Espalmador seguramente me gustaría vivir y poder cantar a pulmón durante las tranquilas tardes isleñas, como un nuevo Crusoe, la canción de Carles Casanovas “El pirata Joan Torrellas”, que mucho labios corean en las cantadas veraniegas de habaneras mientras balancean cadenciosamente el pecho bronceado:

Canta el pirata a coberta, canta somnis de llibertat
des de l’illa de Formentera al nord-est de Mallorca
i del cel de Menorca fins a l’Empordà.
Solca el mar a tota vela fins a l’illa d’Espalmador,
on fa més de cent-trenta llunes entre les roques
va enterrar el cofre d’or, el seu tresor!


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