8 ago. 2016

Robespierre abolido en París o las contradicciones de la memoria histórica

La memoria histórica y la historia en general son un campo de batalla ideológico en que la realidad  y la coherencia de los hechos cuentan menos que la visión del pasado según la conveniencia de cada mentalidad y cada momento. La historia son múltiples historias superpuestas sobre unos mismos acontecimientos, vistos según el interés de cada mirada. Se ha demostrado de nuevo estos días, hasta el ridículo, en Francia. El gobierno municipal de París ha vuelto a rechazar por falta de consenso la enésima petición de algunos partidos e historiadores de izquierda de dedicar una calle o monumento de la capital a uno de los principales protagonistas de la Revolución Francesa de 1789, el “padre de la patria” Maximilien de Robespierre,
llamado el Incorruptible. Su figura sigue estigmatizada como responsable del período del Terror, a pesar de haber sido uno de los impulsores más destacados de la Revolución que define los orígenes de la República actual. Su correligionario Danton, igualmente guillotinado durante aquel período del Terror, tiene su altivo monumento a la salida del metro Odéon, en pleno Barrio Latino (foto adjunta). Saint-Just también cuenta con una calle en la capital francesa. Pero Robespierre, todavía hoy, no, no y no.
El 14 de julio de 1789 el pueblo de París tomó la fortaleza de la Bastilla, se congregó en Versalles y llevó al rey per la fuerza al palacio de las Tullerías, en París. Los diputados de la Asamblea Nacional se lanzaron a la tarea constituyente: abolición de antiguos privilegios señoriales, nacionalización de las propiedades del clero, igualdad ante los impuestos. Se organizaron en tendencias: los jacobinos partidarios del centralismo parisino, los girondinos más inclinados a un equilibrio regional y los montagnards de Robespierre que oscilaban entre distintas posturas radicales. 
Al rey no le quedó más remedio que mirárselo, en ausencia de fuerza militar suficiente –interna o externa— para contrarrestar la presión del pueblo en armas. El 20 de junio del 1791 cometió el error funesto de huir clandestinamente de París para unirse a una de las guarniciones de tropas realistas. El pueblo lo hizo regresar por el cogote a París, donde fue encarcelado. El 20 de abril de 1792 el gobierno revolucionario declaró la guerra a Austria, que junto con Prusia maniobraban militarmente para devolver el rey encarcelado al poder. 
El período del Terror estalló contra los colaboradores de aquel enemigo exterior. El pueblo francés armado --y sobre todo la disentería declarada entre las tropas prusianas— ganaron la mítica batalla de Valmy frente al ejército germánico, considerado por aquel entonces como el mejor preparado. El 21 de enero de 1793 el rey fue declarado culpable de connivencia con el enemigo y guillotinado en la Plaza de la Revolución, en la actualidad Plaza de la Concordia. 
El regicidio arrastró a la mayoría de casas reinantes europeas a declarar la guerra a Francia. Napoleón Bonaparte, un joven general de 30 años apenas francés (Córcega, cedida por los genoveses, había sido anexionada a Francia un año antes de su nacimiento), empuñó las riendas de la situación. La Revolución no consistió solamente en extender ideas revolucionarias sobre derechos civiles que hoy parecen elementales, sino que construyó un nuevo aparato de Estado, la República. 
El Terror se implantó en un contexto de guerra interna (la guerra civil en la comarca de la Vendée costó 200.000 muertos) y a la vez de guerra externa contra el nuevo régimen por parte de las cortes reales europeas. Los “termidorianos” de la Convención, protagonistas del golpe de timón del 8 de Termidor del año II (26 de julio de 1794), desbancaron y guillotinaron a los dirigentes Robespierre, Saint-Just y Danton, conductores del período anterior llamado del Terror. La “reacción termidoriana” desembocó en el golpe de estado del 18 Brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799) del general Napoleón Bonaparte, el “poder fuerte” que concluyó los efectos persistentes de la Revolución y estabilizó el orden. 
En las magnas celebraciones oficiales del bicentenario de la Revolución en 1989 el gran ausente fue Maximilien de Robespierre, en el que personalizan todavía hoy la dirección del período revolucionario de 1793-1794, el apogeo de la guillotina que hizo rodar 40.000 cabezas en diez meses, incluida la suya. En 2011 el alcalde socialista Bertrand Delanoë se opuso de nuevo a la petición de una calle o un monumento para Robespierre en París, con la excusa de que la iniciativa no reunía el consenso necesario. Ahora se ha vuelto a oponer la alcaldesa socialista Anne Hidalgo.

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