5 sept. 2016

Empúries la rescataron primero los ingenieros del ministerio que los arqueólogos

Los primeros que retornaron Empúries a la superficie no fueron los arqueólogos, como podría pensarse, sino los ingenieros de montes del Servicio Hidrológico Forestal del Estado, científicos de la nueva era de la técnica dotados con responsabilidades prácticas y obligados a resultados funcionales. A partir de 1896 los ingenieros forestales protagonizaron en menos de dos décadas una rápida tarea de lucha contra las dunas móviles de Sant Pere Pescador, Empúries, Torroella de Montgrí, Pals y Begur, que amenazaban con invadir en su progresión hacia el interior más caminos, viñedos, tierras fértiles de cultivo y núcleos habitados. Aquel
estudiado movimiento de tierras exhumó los restos de la ciudad greco-romana de Empúries, antes de que la Mancomunitat iniciase en 1908 las excavaciones institucionales.
Los municipios afectados por el movimiento de las dunas habían recurrido al ministerio de Fomento, dado que la franja marítimo-terrestre es propiedad del Estado. El reto confiado a los ingenieros por el ministerio de Fomento necesitaba un resultado inequívoco: detener el avance de las dunas, reforestarlas y recuperar terreno útil, mientras que el de los arqueólogos consistía en exhumar la historia y explicarla. Tras las dos primeras décadas de labor, la tarea de los primeros quedó completada y la de los segundos empezó a alargarse. 
Tanto los ingenieros como los arqueólogos eran fruto del renovador espíritu científico que impregnaba las capas más dinámicas de la sociedad a principios del siglo XIX, en lucha contra la letargia de épocas anteriores. Pero la ciencia de los ingenieros se mostró mucho más resolutiva a la hora de enderezar viejas inercias mediante nuevas soluciones. Su papel primordial y pionero en la exhumación de Empúries hubiese quedado olvidado si no siguiera existiendo en la actualidad la destacada edificación llamada Casa Forestal, encarada al mar en la colina de Sant Martí d'Empúries, estrenada desde 1910. 
La acumulación de arena que preservó bajo tierra durante largas centurias los restos de la ciudad greco-romana se convirtió en el detonante de su redescubrimiento. El primer motivo no fue arqueológico ni cultural, sino utilitario, dado el desplazamiento de las dunas per culpa del viento. 
En 1877 los ayuntamientos de Torroella de Montgrí y La Escala solicitaron la intervención del Estado contra la amenaza que representaba la progresión de las dunas. Las leyes desamortizadoras de las propiedades de la iglesia y otras manos muertas revirtieron numerosos terrenos al dominio forestal público, por lo tanto su mantenimiento era incumbencia del Estado. El ingeniero Primitiu Artigas, de Torroella de Montgrí, diplomado y profesor en la Escuela Oficial de Ingenieros de Montes creada en 1848 en Villaviciosa de Odón (Madrid) y trasladada a continuación a El Escorial, encabezó en verano de 1882 un trabajo de campo de veinte días en su municipio natal, con un grupo de alumnos, para estudiar las posibles soluciones. 
Redactó una Memoria con 40 propuestas precisas, indicando que las dunas ya cortaban caminos de comunicación importantes. El documento pareció utópico y durmió el sueño de los justos durante más de diez años en los despachos de la Junta Facultativa de Montes de la dirección general de Agricultura, Industria y Comercio del ministerio de Fomento, pese a que Artigas se basó en la experiencia de fijación de dunas que estudió en las Landas francesas, en el estuario de la Gironda formado por la desembocadura de los ríos Garona y Dordoña en Burdeos. 
El ministerio de Fomento encargó finalmente en 1891 un anteproyecto de intervención al ingeniero Xavier de Ferrer de Lloret, jefe del Distrito Forestal de Barcelona, Girona y Baleares. Un Real Decreto de 13 de febrero de 1895 aprobó la intervención en las dunas del golfo de Roses, comenzada el 15 de marzo de 1896, primero bajo la dirección de Xavier de Ferrer, nacido en La Bisbal d'Empordà y diplomado de la escuela de El Escorial. A su muerte, acontecida en 1909, fue sustituido por el ingeniero Josep Reig Palau. 
La intervención ministerial contra las dunas del golfo de Roses por parte de los ingenieros forestales era la primera de España, después de que algunos propietarios privados lo hubiesen intentado a menor escala sin éxito. A partir del año 1900 el mismo método se aplicó a los arenales alicantinos de Guardamar. 
La labor de los ingenieros forestales contra los efectos del viento se vio coronada tras quince años de esfuerzos, entre 1896 y 1910, mediante la construcción y reforestación de grandes contradunas de arena levantadas con una disposición muy estudiada. La primera contraduna, construida a partir de marzo de 1896, fue la del norte de Sant Martí d'Empúries. 
A partir de ahí la obra prosiguió en dirección a Torroella de Montgrí y Begur. La repoblación forestal para estabilizar las dunas se hizo primordialmente con pino piñonero y líneas paralelas perpendiculares al viento del arbusto del barrón o carrizo (su nombre científico Ammophila arenaria significa "amiga de la arena"), una especie de rizomas y raíces extensivas que contribuye a la fijación del terreno frente a los embates de la arena transportada por el viento. 
La urgencia del trabajo exigía que las brigadas de trabajadores y los responsables técnicos residieran a pie de obra, por eso se edificó la Casa Forestal de Sant Martí d'Empúries. Las obras no finalizaron hasta 1910. Por entonces los ingenieros ya habían casi concluido su trabajo, aunque decidieron quedarse por las tareas de seguimiento y, sobre todo, por el atractivo como finca de veraneo, igual como harían pronto los arqueólogos con la otra residencia habilitada en el antiguo convento de los frailes servitas de Empúries. 
La Casa Forestal también fue utilizada como depósito-museo de los primeros hallazgos arqueológicos que hacían los ingenieros, antes de la llegada de los arqueólogos o simultáneamente con ellos durante pocos años. Las obras de construcción de las contradunas ponían con frecuencia al descubierto piezas antiguas. Sin embargo la colaboración entre ambos estamentos oficiales que trabajaban sobre el terreno fue muy escasa, cada uno con su método y su ritmo. 
Las obras de las contradunas exigieron la expropiación de 49 parcelas privadas alrededor de Empúries, de un total de 21 hectáreas. La intervención también significó trazar el nuevo camino litoral de dos kilómetros, llamado Camino Forestal pese a discurrir junto a la playa, entre las dunas reforestadas y el recinto del yacimiento arqueológico. 
Hoy las dunas del golfo de Roses, fijadas y repobladas, son propiedad de la Generalitat, catalogadas de utilidad pública y calificadas como terreno no urbanizable de especial protección. A pesar de todo, las calificaciones urbanísticas suelen topar con realidades más dinámicas, más astutas o más tramposas.

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