17 sept. 2016

La cuenta atrás de la muerte de Venecia en el escaparate de la farmacia Morelli

La céntrica farmacia Morelli de Venecia ha prestado una pequeña franja de su escaparate para que un movimiento ciudadano coloque el contador digital, actualizado cada semana con la estadística oficial extraída del web del Ayuntamiento, sobre el goteo fatídico de habitantes censados en esta ciudad sin par, donde la ocupación turística encarece hasta niveles prohibitivos las viviendas de los residentes. Instalaron el contador el 21 de marzo del 2006 y entonces indicaba la cifra 60.704. La última vez que he pasado por delante se había reducido a 55.583. Se trata de una forma lacónica y pesimista de resumir el fenómeno en plena
cara de los miles de visitantes que desfilan cada día ante el escaparate de la farmacia, situada en el Campo San Bartolomei que preside la estatua de Carlo Goldoni y concentra la riada humana del barrio del puente de Rialto.
Se refiere a los habitantes del barrio viejo, de la ciudad histórica. El municipio de Venecia suma en realidad 265.000 habitantes, trasladados masivamente a la terra ferma de la inmediata periferia, donde las viviendas y los servicios resultan más asequibles. Algunos espíritus quisieran hacer creer que la decadencia, la agonía definen a Venecia. No lo he creído nunca. 
Venecia ha luchado a lo largo de la historia contra múltiples invasores. Su última victoria consiste en arrancar de la retina de veinte millones de visitantes anuales les imágenes de pacotilla sobre la supuesta condición de ciudad-museo agónica, sumergida algo más cada día en la tumba de agua de su pasado, náufraga de su propia brillantez. 
Nunca me lo ha parecido. Al contrario, me pregunto dónde ven la decadencia en una ciudad sin ni un solo campo de ruinas. Tras el telón de fondo de un pasado esplendoroso bulle hoy un laboratorio urbano del siglo XXI, en el que veneciólogos del mundo entero estudian el futuro de los centros históricos, es decir de la mayor parte de Europa. 
La novela realmente agónica publicada en 1920 por Thomas Mann con el título Muerte en Venecia y más aun la adaptación cinematográfica de Luchino Visconti en 1971 causaron daño a la imagen de la ciudad. Decantaron exageradamente la balanza hacia la complacencia en una visión mortuoria ineludible, casi natural, quizás incluso vocacional, como si la decadencia fuese su carácter, su papel. No lo era ni siquiera en aquel momento y pueden encontrarse muchas otras manifestaciones en sentido contrario, exaltadas por el patrimonio vital acumulado por la ciudad única. 
Sobre el lecho de agua urbanizado, urbanizadísimo, Venecia se columpia en la cuerda del paso del tiempo con un fascino sin límites, único, enigmático, elegantísimo, viejo y cargado de futuro. La antigua primera potencia europea del comercio, la Serenísima República enriquecida por el dominio económico y naval del Mediterráneo, trabaja en la actualidad sin salir de casa para el nuevo comercio mundial del turismo. Vende por horas su escenario a millones de viajeros que acuden incesantes, seducidos. 
La aglomeración crea inconvenientes, incluso abusos. Se trata de gestionarlos con algo más de eficiencia, no de interpretarlos como fatales de necesidad. La ciudad es de quien la habita, no de quien la visita. Quienes la habitan viven de forma directa o indirecta de quienes la visitan, y eligen a unos administradores para que la gestionen adecuadamente.
El contador digital del escaparate de la farmacia Morelli alerta mediante una cifra muda, que disminuye cada semana, sobre esa necesidad. No sobre la muerte de Venecia.

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