30 sept. 2016

Las cosas del río tal como las mezcla la vida, entre Sobrànigues y Colomers

Ayer fuimos con Miquel a recorrer a pie un tramo del pequeño universo del río Ter en el camino que discurre entre Sobràniques y Colomers. La cultura de río, la prodigalidad del aigua, representa más bien un pluriverso, una personalidad distinta del inmediato interior. Sobrànigues es un pequeño núcleo ampurdanés de 37 habitantes agregado al ayuntamiento de Sant Jordi Desvalls, a medio camino de Flaçà. La carretera secundaria atraviesa el idílico y a veces malhumorado vado de Sobrànigues (en la foto), la pasarela construida en 1985 pocos metros por encima del agua del Ter sobre el antiguo paso de carretas. Es un rincón fluvial afortunado, un frasco de las esencias de la civilización de ribera que crea el último tramo del
Ter cuando penetra en el Empordà por Sant Jordi Desvalls y se dispone a recorrer los términos de Flaçà, Colomers, Jafre, Verges y Torroella Montgrí.
En Sobrànigues el río queda más remansado, gracias a la presa de Colomers, situada siete kilómetros río arriba. Los remansos de agua soñolienta y cauta prescinden en las concavidades más dulces del ronquido gutural y el viento las riza con un ímpetu hirsuto y piadoso. 
Los gerundenses llevan clavado en carne viva que el general Franco inaugurase 50 años atrás el trasvase del 70% del agua del Ter desde la presa del Pasteral, en La Cellera de Ter, hasta la conurbación de Barcelona. La iniciativa fue de un gerundense, el alcalde Porcioles de la Barcelona “desarrollista”, hijo de Amer igual que el actual president de la Generalitat. Desde entonces el Ter desemboca de facto en Santa Coloma de Gramenet más que frente a las islas Medes, en la gola de Torroella de Montgrí. 
El tirante de agua un balandrea, disminuido, atemperado en los meandros de Bordils y genera en el llano del Baix Ter los campos de cultivo, huerta y frutales que lo caracterizan, así como los bosques de ribera de álamos, chopos, sauces, olmos y fresnos que ayer recorrimos. El Rec del Molí nace en la pequeña presa de hierro y hormigón construida en 1970 en Colomers, resigue la orilla izquierda del río y desguaza en La Escala. 
El destino de nuestra caminata de ayer no era exactamente Sobrànigues ni Colomers. En realidad fuimos sobre todo a detectar al azar el atractivo de las cosas del río tal como las mezcla la vida, observadas con largueza y gratitud, ya sea en su placidez confiada como en los periódicos manotazos de crueldad tosca, ingrata, turbia. 
Frente a los imprevistos de la naturaleza solo podemos decidir como tomárnoslo y entonces el ingrediente de efecto más directo sobre la capacidad de respuesta de nuestro sistema inmune es la complexión del optimismo. También se le puede llamar coraje, perseverancia, instinto de conservación o cualquier otro concepto que se oponga a la indefensión del abatimiento, al óxido del sedentarismo, a los daños cerebrales del aburrimiento, a la tara de la ansiedad. 
Los sentimientos constructivos, las razones contadas por las que nos levantamos cada mañana, derivan del andamiaje que se monta cada uno con los mimbres disponibles, más algún añadido razonablemente fantasioso, sin sisar más de la cuenta a la realidad. Solo la dosis de belleza y armonía, administrada de vez en cuando, nos salva del caos.
Solo la necesidad de comprender nos lleva a intuir algunas verdades. Solo la memoria del amor nos permite amar, evocar un mundo más amable y el jardín moral de la ética sin dejar de tocar con los pies en suelo ni aparentar que no vemos la raíz de la injusticia, la arrogancia de la codicia, el crecimiento de la corrosión. La etimología griega de la palaba kósmos no significa solamente universo. También orden y belleza (de ahí “cosmético”). 
Como es sabido, los bosques son una de las partes más abandonadas de nuestro entorno natural, tiranizado con mayor frecuencia que amaestrado. Dos terceras partes de Catalunya son bosque, sin embargo más del 80% de la madera que consume el país es de importación. La gestión de los bosques aquí es generalmente de escándalo y reclama a gritos un poco de decencia. 
En su soledad sonora, las copas de los árboles bailaban ayer entre Sobrànigues y Colomers una samba melódica de soleada mañana otoñal con una elegancia de carácter físico cargada de serena benignidad. La curva madura de los árboles brindaba en los ribazos de la mata de bosque que recorrimos un frescor acariciante. El viento generaba un roce ondulante y la fronda del aire se esponjaba, se avivaba con un burbujeo tónico y jovial. La densidad de la vida caía en una dulzura ingrávida mientras el émbolo del corazón bombeaba las fuerzas sin altibajos exagerados, las inquietudes se desvanecían en una placidez momentánea y las tristezas fatigadas adquirían por sorpresa una ternura comprensiva. 
Ante todo ello, ayer nos dejamos conmover por la santidad humilde de la tierra, aunque solo fuese un eco sordo, lejano, borroso, imaginado. Una vez conmovidos, fuimos a comer al restaurante de carretera Xalet de Colomers (menú a 11,50 €) un arroz de los jueves que se defendía solo y unas costillas de cordero perfectamente conformes con los prados de hierba grasa donde se criaron.
Durante la caminata entre Sobrànigues y Colomers no nos cruzamos con nadie. En cambio en el restaurante Xalet de Colomers saludamos a amigos de media comarca, en una emulsión casi tan natural y espontánea como el agua del Ter que discurre bajo la terraza del establecimiento.

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