27 sept. 2016

Todo lo que puede pasar y pasa bajo el ceibo trasplantado

Hay muy pocos ejemplares de ceibo aclimatados en Barcelona, pese a la belleza de la flor roja de este árbol suramericano. Sin embargo algunos hay y sus amantes los contamos como pequeños tesoros desapercibidos. Por ejemplo el que ha arraigado en plena plaza de Catalunya (en la foto), frente a la esquina con la Ronda de Sant Pere. El servicio municipal barcelonés de Parques y Jardines decidió alegrar algunas esquinas con arboles exóticos de floración ornamental, plantados de modo unitario en determinados chaflanes, no como árbol de hilera. A raíz de la última reforma urbanística del tramo inferior del Passeig de Sant Joan, aparecieron cuatro nuevos ejemplares de ceibo en las esquinas de este paseo con la calle Caspe, por donde suelo pasar
para vigilar atentamente sus dos eréctiles floraciones anuales, en primavera y más tímidamente en otoño. Las flores del ceibo duran poco en el árbol.
De esos cuatro nuevos ejemplares, uno se encuentra frente a una oficina bancaria china de cristales opacos, otro delante de una residencia de curas jubilados, el tercero frente a una sucursal del Banco de Santander. En cambio el cuarto se muestra algo más elocuente, situado a las puertas de un bar dotado con cuatro mesas y sus sillas al aire libre, bajo el ceibo. Ese es el mío. 
Por alguna razón miro siempre a los otros tres de reojo suspicioso. Me parecen más desmagnetizados, de una flema expresiva sin audacia, atacados de soledad, tal vez más ortodoxos y pragmáticos, pero también más aburridos. El cuarto, el de la terraza del bar, se me hace más tierno, timbrado y lírico. 
Al estallar su sanguínea flor encarnada de cinco pétalos, en racimos de un tono vivísimo, me siento bajo el ceibo con la única intención de sentir su compañía durante el rato de estar bien conmigo mismo, observar los dos juntos como desfilan los mil matices de la manera de vivir, repasar la lista de amigos, ordenar los papeles mentales, discernir los colores del cielo y hacerme confidencias sin estupores fingidos ni ritos convencionales. 
Amo a los ceibos porque los conozco en versión original, en la dimensión argentina de una frondosidad y corpulencia sin comparación con el crecimiento limitado que adquieren aquí. Argentina y Uruguay tienen a la flor del ceibo como emblema y esos países no son más que un inmenso delta de feracidad exuberante, inimaginable en términos del secano mediterráneo. Me hace ilusión sentarme bajo el ceibo casi enano del Passeig de Sant Joan, como una reducción al alcance cotidiano de aquello que mi retina identifica, mi substrato interpreta y mi recuerdo engrandece. 
Hay algún otro ejemplar en el interior de manzana bautizado como plaza Marina Castells, en el Raval, encarado al ábside románico del siglo XI de la iglesia de Santa Maria dels Malalts (la iglesia de la plaza del Padró). También en los jardines del Maestro Balcells, entre la calle Sant Salvador y el pasaje Frigola, en la villa de Gracia, así como a la entrada del Jardín de Aclimatación de Montjuïc. 
Su nombre científico Erytrina crista-galli alude al rojo característico de la flor (eritros en griego significa rojo) y el apellido en cresta de gallo a la forma de dicha flor. También por eso se le conoce en algunas ocasiones como Árbol del coral. 
Una especie tan significada y vistosa en el hemisferio austral cuenta inevitablemente con su leyenda. Dice la vieja rondalla que el ceibo es el alma de la reina india Anahí, de una tribu que habitaba las orillas del río Paraná. La reina tenía una voz muy dulce y amaba la libertad, pero un día fue apresada, mató al carcelero y eso le costó ser ejecutada en la hoguera al día siguiente por sus captores, atada al tronco de un árbol. Los asistentes a la ejecución comprobaron como el cuerpo asado de la reina tomaba una extraña forma y, poco a poco, se convertía en un otro árbol esplendoroso, coronado por una constelación de flores de ceibo de un rojo deslumbrante. 
Los árboles, incluso en su reducida versión urbana, se tienen que saber leer y colocarse de vez en cuando bajo su protección con un poco de sintonía interna, aquella actitud irrevocable que nos hace amar algunas cosas y algunos momentos con una enternecida solemnidad y con la evanescencia inherente a los sueños.

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