23 oct. 2016

El vino griego que alegra el día, de la antigüedad hasta ayer mismo

Ayer de mañanita llovía y decidí visitar la exposición sobre “El vino griego. De la antigüedad a las bodegas catalanas actuales”, montada en el Museo de Arqueología de Catalunya, junto Teatre Grec de Montjuïc. Me llevé una magnífica sorpresa, por su claridad bien resumida y presentada. Generalmente los museos me empachan, si no es para refugiarme de la lluvia o ver algo en concreto. Ayer me entusiasmó que los textos explicativos recibiesen la misma importancia que las piezas antiguas, con una admirable capacidad de síntesis afirmativa desplegada en letra gorda y párrafos resumidos en los paneles murales retroiluminados. Esos breves textos asentaban tres o cuatro ideas fundamentales que no siempre se han visto reconocidas con la misma franqueza: la civilización romana no lo inventó todo, el cultivo de la viña y la producción de vino llegó aquí siete siglos antes que ellos, a través de los fenicios y los griegos. Los museos
suelen acumular una gran cantidad de objetos y poca explicación, a menudo presentada de forma microscópica, secundaria o espesa. Por eso la exposición de ayer me procuró una satisfacción duplicada.
Pude leer con la máxima comodidad párrafos realzados como el siguiente: “El vino, el aceite y el pan eran esenciales en la sociedad griega y después romana. Sin embargo tan solo el vino llegó a protagonizar la vida social, política y religiosa. Como en el pasado, hoy el vino tiene un papel social importante y efectos saludables si se bebe con moderación. El vino sigue siendo un elemento identitario de nuestra sociedad y sus raíces históricas nos vinculan a la cultura griega y romana en el Mediterráneo, a su paisaje y su gente*.
El mérito del montaje es del trabajo de Pol Carreras en el máster de Gestión Cultural de la Universidad de Girona titulado El vino en el Empordà. De la antigua Emporion a las bodegas actuales. Proyecto de una exposición temporal, dirigido por el profesor Xavier Aquilué. El diseño de la muestra ha sido obra del estudio figuerense de interiorismo de Jordi Pigem y Marta Matamala.
Junto a todo tipo de ánforas vinarias (copas, vasos, cráteras), utensilios de trabajo de la viña durante la Antigüedad, semillas fósiles de uva y la inevitable proyección audiovisual, los responsables han querido establecer la relación con la actualidad. Subrayan que la tradición milenaria de producción y consumo de vino provoca que muchos viticultores catalanes de hoy se sientan orgullosos de ella y quieran evidenciarla en sus etiquetas. Entre las botellas expuestas de la última generación contemplé el vino Apoikia de la bodega Vinyes de Mahalta en Torroella de Montgrí o las del Mas Llunes de Garriguella que se denominan Cercium [el viento cierzo o tramontana], Emporion y Rhodes.
Entre las sentencias de distintos autores que leí ampliadas en las paredes de la exposición, retuve la del historiador griego Tucídides, quien en el siglo V aC afirmó: "Los pueblos del Mediterráneo empezaron a salir de la barbarie cuando aprendieron a cultivar la viña y el olivo". Y también otra de hace cuatro días, al escribir Josep Pla: "La vida, la salud, el tino son inseparables de una buena, continuada, botella de vino".
A mi salida del Museo de Arqueología de Catalunya había cesado de llover. Los seis pletóricos y lucientes naranjos de la entrada se veían cargados de fruto y el ceibo que les acompaña presentaba uno de sus eréctiles racimos de flores rojas. Al llegar a casa abrí una botella de vino de las mejores ocasiones, en honor de la exposición que me alegró el sábado.

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