28 oct. 2016

El vino se resiste a la globalización, por naturaleza y por fortuna

Las estadísticas suelen ser una forma de enmascarar la situación y la macroeconomía una forma de ampliar el foco para amalgamar y difuminar realidades muy distintas. Por eso uno de los sectores en que las estadísticas y la macroeconomía tienen menos sentido es el del vino, un cultivo milenario que se caracteriza todavía en la actualidad por la personalidad de fragmentadas realidades locales. Algunos organismos como la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) defienden su existencia a base de informarnos puntualmente de que la producción mundial de vino estimada durante el año 2016 será de 259 millones de hectolitros, un 5% menos en comparación con el año
anterior y una de las más flojas de las dos últimas décadas. Es un dato que puede interpretarse de maneras muy diferentes. La globalización no es nunca inocente.
Italia se mantiene como primer productor mundial (48,8 millones de hectolitros), seguida por Francia (41,9 millones), España (37,8 millones), Estados Unidos (22,5 millones) y Australia (12,5 millones). La media anual española de consumo de vino por habitante ha caído de 70 a 26 litros durante las últimas tres décadas y tan solo el 33 % corresponde a denominaciones de origen. Sin embargo aun es el primer país del mundo en extensión de viñedo, con 1,1 millones de hectáreas. El viñedo más extenso del mundo sigue siendo el de Castilla-La Mancha: produce la mitad del vino del país, pese a reunir denominaciones de origen poco cotizadas. 
Los informes del Observatorio Español del Mercado del Vino ponen de relieve que España es el primer exportador mundial de vino barato, a granel, con escaso margen de beneficio. Exporta cada año la mitad de la producción hacia países europeos que lo mezclan con los suyos o lo envasan y revenden con un sello propio más o menos fantasioso. Ocurre exactamente lo mismo con el aceite de oliva. 
La sobreproducción española en comparación con el consumo interno implica un efecto beneficioso. Es el país donde se pueden encontrar vinos embotellados de calidad por debajo de los 10 € la botella, algo que en el resto de Europa resulta más difícil. 
El desprestigio injusto del vino a granel y su desviación hacia la exportación para mezclas y manipulaciones ha significado la desaparición del buen vino de tonel, comprado en las bodegas de barrio por el consumidor local. La aparición del marketing tuvo el resultado positivo de la mejora de los procesos de vinificación y el negativo de la sofisticación a costa de los precios disparados. La calificación de vino de mesa pasó a ser como un estigma. 
Frente a todas las estadísticas que se quiera, el vino de tonel forma parte integrante de mi educación sentimental y aun incita mi ilusión. Los vinos de bajo precio no son las lágrimas negras de la viña, a pesar de haberse visto condenados por los negociantes a una mala imagen generalizada.
Reivindicar la calidad del vino barato es una forma de seguir siendo un país de buen vino a precios democráticos. También por eso triunfan hoy las guías que se publican sobre los mejores vinos de supermercado por debajo de los 10 €. Hacer buen vino a 100 € la botella tiene menos mérito y menos sorpresa que hacerlo a 10 €.

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