29 oct. 2016

Los barceloneses no son bienvenidos en el club náutico de la Barceloneta

Siento orgullo gremial cuando algún periodista, entre los miles de páginas previsibles que los diarios publican cada día, escribe una francamente excepcional. El reportero de El Periódico Carles Cols aprovechó la jornada de puertas abiertas del pasado fin de semana con motivo del efstival de arquitectura H Open House para visitar la marina de lujo del Port Vell de la Barceloneta, el privado OneOcean Club al que “los barceloneses tienen vetado el acceso, salvo que sean multimillonarios”. Ayer publicó su crónica de la visita, titulada “Los barceloneses no son bienvenidos”. Es una de aquellas páginas excepcionales. En diciembre de 2014 escribí en este blog un artículo sobre el mismo
club privado de yates de lujo en primera línea del espacio marítimo público, bajo el título “A Barcelona le quieren escamotear de nuevo el mar”.
Dos años después sigo caminando casi cada día por el Paseo Juan de Borbón de la Barceloneta --el de los restaurantes—y me revuelve el estómago ver que del otro lado de la ancha y arbolada avenida han privatizado el espacio público, han cerrado físicamente el acceso al muelle para destinarlo una marina de lujo reservada a grandes yates, en pleno centro de la ciudad, con la aprobación y el impulso del anterior Ayuntamiento del alcalde Xavier Trias.
Sobre la exclusiva y excluyente marina del Port Vell, el arquitecto Oriol Bohigas opinó: “Se puede hacer negocio, pero con un mínimo de conciencia colectiva. No se ha discutido el proyecto, se ha secuestrado el debate de un espacio que costó tiempo recuperar. El resultado es que están tapando el mar. Es lo que tienen los gobiernos de derechas, no les importa mucho el uso del espacio público con tal de favorecer a los negocios” [El País, 12-6-2014]. 
Los barceloneses jóvenes, los visitantes y los indiferentes deben pensar que en Barcelona siempre hubo mar. No es así. Mientras me crié en esta ciudad, el único mar que había era el limitado y aceitoso vistazo portuario al pie de la estatua de Colón, el rompeolas desnudo de los enamorados y los establecimientos de baños de la Barceloneta, en los que casi siempre era imposible bañarse en el mar por visibles y sólidas razones higiénicas. 
La apertura al uso público de la nueva línea del mar de Barcelona fue una conquista olímpica de 1992, con un nuevo y espectacular frente marítimo urbano. Incluyó los distintos paseos a lo largo de las playas y las instalaciones portuarias más céntricas, como la del Paseo Juan de Borbón, convertidos en auténticos bulevares del distrito marítimo de una ciudad con mar recuperado. 
El centro comercial Maremagnum y el World Trade Center fueron ya una primera concesión en el Port Vell. La construcción en 2009 del descomunal rascacielos “icónico” del Hotel Vela resultó aun más estentórea, saltándose la Ley de Costas por hallarse en terreno de una administración dudosamente autónoma como es la Autoridad Portuaria. 
El popular barrio de la Barceloneta se ha convertido en territorio codiciado por la apisonadora del negocio turístico e inmobiliario. Los habitantes han protagonizado reiteradas protestas. En muchos balcones cuelga la bandera del barrio, prácticamente desconocida hasta ahora, como reivindicación de una identidad violentada. 
La idea de tomar contacto con la naturaleza se asocia con mayor frecuencia a la montaña, los prados, los bosques... El mar también es naturaleza y en la ciudad también debe poder pasearse. Barcelona-ciudad cuenta con 4,5 km lineales de playa urbana, de la de Sant Sebastià hasta el Fórum. En la Barcelona metropolitana son 32 km, de Montgat a Castelldefels (42 km si contamos los puertos). 
Las playas barcelonesas son los parques de una ciudad que tiene muy pocos y los paseos marítimos constituyen nuestros bulevares a la orilla del mar, recuperados poco tiempo atrás y escamoteados ahora en el céntrico Paseo Juan de Borbón por un elitista club privado de yates de lujo en el que “Los barceloneses no son bienvenidos”, como tituló ayer Carles Cols su reportaje.

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