14 nov. 2016

Hoy es luna plena, plenilunio redondo, incluso superluna

Hoy es luna llena, espectáculo gratuito (si les nubes lo permiten) con aforo ilimitado. En esta ocasión la llaman superluna porque parece más grande y brillante, dado que su órbita elíptica se halla en el perigeo o punto más próximo a la Tierra. La diferencia puede ser más o menos apreciable, aunque cualquier luna llena mensual es capaz convertirse en superluna en función de múltiples circunstancias: la visibilidad, el punto de observación, el grado de interés particular que cada cual le ponga aquella noche. Contemplar el cielo las noches de luna me despierta la vieja inclinación a buscar un orden en la alineación de los astros, la
tentación de intentar comprender a la naturaleza y ordenar la noche.
A lo largo de miles de años la posición de las estrellas titilantes marcó los puntos de referencia de los hombres y sus predicciones. La regularidad de esa presencia en los cielos despejados les servía para medir su propio tiempo, para saber en qué momento se encontraban del perpetuo ciclo. 
Confieso haber dedicado algunas noches a embobarme ante el fulgor lunar proyectado sobre el espejo rizado del mar. Las noches de luna todavía me despiertan aquel punto de ilusión y las observo como quien escruta un prodigio incierto, voluble, poco puntual a las citas, pero de una inconstancia digna de crédito. La luna tiene noches de gloria y también noches anónimas, de una indiferencia casi científica. 
Ya sé que la luna real, carente de atmósfera, viento y erosión, abandonada incluso por los astronautas, posee una cara oculta más sombría. Ya sé que se encuentra recubierta por desiertos de polvo, cuarteada por mares secos y cráteres de ceniza, que su efecto gravitacional generador de mareas no se aplica del mismo modo a las personas y que el influjo de su claridad es el reflejo de la energía ajena que pertenece al sol. Todo eso no me importa, se me antoja un grado de impostación o de dependencia compatible con el mío. No pretendo explorarla ni redimirla de nada, tan solo compartir con ella algunas noches lo más comprensivas posible.
El punto de observación de la luna llena es importante y seguramente cada uno tenga sus propias predilecciones: la ventana de casa, el frente marítimo, alguna colina vecina, un oasis del desierto.... Durante muchos años creí que el claro de luna en la playa de Tamariu refulgía como en ningún otro lugar del planeta y todavía pienso que no iba desencaminado del todo.

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