19 dic. 2016

La red de metro vista como obra de arte, también es posible

La editorial Capitán Swing acaba de publicar la traducción del Atlas de los metros del mundo, un inventario exhaustivo de planos históricos y actuales de todas las redes de metro, una delicia del diseño gráfico y del ingenio para hacer comprensible de un vistazo al usuario la madeja de líneas entrecruzadas. El metro contiene mucho arte en sus entrañas y mucha literatura. No cesan de publicarse novedades editoriales sobre este sistema de transporte. Las estaciones de la Línea 9 del metro barcelonés, recién estrenadas, valen el recorrido como quien visita un museo. Yo mismo me vi sorprendido por el encargo editorial que me llevó en 1989 a dar la vuelta al mundo en metro, conjuntamente con el fotógrafo Xavier Miserachs, para describir
sobre el terreno los de Berlín, Budapest, El Cairo, Caracas, Lille, Londres, Madrid, México, Moscú, Nueva York, París, Singapur, Tokio, Vancouver y Washington. Se derivó el libro Metros i metròpolis.
Aquel trabajo me inoculó una curiosidad indeclinable hacia las interioridades de este medio de transporte. Desde entonces he leído con interés la novela que Ramon Solsona ambientó en el metro, Línia blava, editada en 2003. Marta Torres escribió en 2010 el libro Barcelona metro a metro para relatar el origen del nombre de cada estación. 
El metro de París fue homenajeado literariamente en la narración de Julio Cortázar “Manuscrito hallado en un bolsillo”, en el libro de 1974 Octaedro. El francés Marc Augé publicó en 1986 el estudio El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro, y veinte años más tarde El metro revisitado. El 150 aniversario del Tube londinense fue objeto en 2013 de numerosos reportajes, que devoré sin excepción. 
Josep Pla anotó sobre el metro de París del año 1920, cuando el metro aún se escribía en mayúscula y los olores del interior de los vagones eran otros: “Tomo el Metro. A esta hora los vagones populares del metropolitano quedan como saturados del olor de los cestos de las mujeres que vienen de la compra: considerables capazos llenos de coles, brócolis, puerros, zanahorias, escarolas, lechugas. La luz eléctrica saca unas puntas radiantes de las gotas de agua depositadas sobre los esplendores botánicos. A veces estas mujeres son rubias, altas, abundantes, rosadas, absolutamente bien plantadas. Los vegetales parecen desplazar, a esta hora, el olor de jabón y perfumes íntimos que flota en estos vagones a la salida de las oficinas” (Sobre París i França, Obra Completa 4, pàg. 29). 
Mi sostenida curiosidad por el metro me llevó a darme cuenta de que, en realidad, soy usuario de nacimiento. Quiero decir que al venir al mundo, Barcelona tenía metro desde tiempo atrás. Una de las pocas cosas que no nos sorprendía a los imberbes que salíamos por primera vez a alguna moderna capital extranjera --ya fuese París, Londres o Nueva York-- era precisamente el sistema de funcionamiento del metro. 
A pesar de todo nos impresionaban por las dimensiones o por algunas características particulares. A mi primera llegada desde Barcelona a la Gare d’Austerlitz parisina me enfrenté al plano luminoso de la red de metro, implantado allí desde 1937 como último grito de la técnica, y entendí de golpe a dónde estaba llegando. Bastaba con poner el dedo en el botón encarado al nombre de la estación de destino deseada para que se encendiera al instante una serpentina mágica de puntitos multicolores que trazaban sin dificultad el itinerario y los puntos de transbordo de línea. 
Fue una de las primeras impresiones de París, tatuada en la memoria hasta hoy. Actualmente van suprimiendo aquellos viejos paneles luminosos, con teclado niquelado de incontables botones. Los sustituyen por otras pantallas electrónicas táctiles más modernas. Pero yo todavía me desplazo ex profeso a algunas estaciones que conservan los viejos, como la de Pont de Levallois, para poner mi dedo en los botoncitos y revivir con ojos maravillados una ilusión adolescente.

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