30 dic. 2016

Los muertos de hoy en el Mediterráneo, entre el silencio y la cifra

Si funcionase (ayer al mediodía estaba apagado), la cifra digital del contador de refugiados ahogados el presente año en el Mediterráneo, instalado por el Ayuntamiento en el Passeig Marítim de la Barceloneta, a la altura de la calle Almirall Aixada, hubiera superado por primera vez el atroz listón de 5.000 víctimas, catorce por día en promedio. La cifra se alcanzó la víspera de Navidad, sin mucho eco, por no decir ninguno. El año pasado fueron 3.777 ahogados y el anterior 3.279, según el recuento del Alto Comisionado de la ONU para los Refugidos y de la Organización Internacional para las Migraciones. Quizá sean más aun, porque los del fondo del mar no computan. Sobre una migración calculada este año de medio millón de fugitivos, dejan la piel en el intento el 1%. La proporción debe parecer asumible o inevitable a todos los gobiernos que han convertido el Mediterráneo en fosa común. Ha sido el peor año, sin que se vislumbre ninguna alternativa a la
guerra de Siria y el Oriente Medio, a la semilla del mal que deja sembrada para futuras cosechas de terrorismo de Estado o de terrorismo amateur.
El gobierno español acordó en septiembre de 2015 con Bruselas acoger a partir de aquella fecha su parte de refugiados, fijada en 17.337 solicitantes de asilo procedentes de los campos de Turquía, Grecia e Italia. A día de hoy ha acogido a 898, el 5% de lo estipulado.
Alemania acogió a 890.000 demandantes de asilo el pasado año y 215.000 este, tras el acuerdo del mes de marzo de la Unión Europea con Turquía para que, a la espera de redistribuirlos hacia los países europeos de acogida, retenga en sus campos de refugiados a los migrantes deportados que llegan a las islas griegas, a cambio de un programa de ayuda de 3.000 millones de euros.
Las autoridades alemanas han rechazado un 23,9% de las peticiones de asilo y declaran que esperan tener 700.000 expedientes cerrados a comienzos de año y la totalidad a finales del primer trimestre de 2017. Por su lado, el ministro español de Asuntos Exteriores reconoció la pasada semana que España lleva un poco de retraso.
El contador barcelonés de ahogados arrancó el 28 de julio. Aquel día marcó 3.034 muertos desde el comienzo de año. Está previsto, no sé por qué, que el 1 de enero vuelva a ponerse a cero.
Pocas veces la simple cifra, retroiluminada y cambiante, ha resultado tan reveladora de una barbarie en su monstruosa plenitud, incrementada día tras día del presente, en directo. Frente a la hecatombe, a algunos se nos acaban los calificativos o las ganas de repetirlos y que parezcan sonar huecos.
La actualidad del mundo ofrece para elegir un rico abanico de maldades humanas masivas, de las que sus instigadores extraen beneficios manchados de sangre. Esta me toca de cerca, a la orilla del mar de casa que contemplo cada día.





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