11 ene. 2017

El orgullo del viejo bareto charnego, la bodega y el celler

Las mejores anchoas, las tapas más sorprendentes y a mejor de precio de toda Barcelona no las ofrece ninguno de los establecimientos rutilantes de moda mediàtica, en los que es preciso reservar con semanas o meses de antelación como si se tratase de un privilegio. Lo hace un bareto charnego de los de toda la vida en el barrio del Besós, uno de los más pobres de la ciudad que subsiste junto a uno de los más ricos, el de la nueva Diagonal Mar. Se llama Las Palmeras, en la plaza Jaume Huguet nro. 71, que no deja de ser un vulgar recodo de la Rambla Prim, en aquel extremo difuso de la Granvía. Los entendidos en tapas y vermuts
de este lado de la ciudad lo sitúan a la misma altura o incluso por encima de la bodega J. Cala de la calle Pere Quart nro. 460 --conocida por Cal Johnny— o el Celler Ca la Paqui de la calle Sant Joan de Malta nro. 53, en el Clot.
Era un bar de paletas por la mañana y jubilados jugando al domino por la tarde. Los paletas se evaporaron, los jubilados siguen ahí. El amo lo dejó y el joven camarero José Luís Pastor, criado en el Besós, se quedó el pequeño negocio. Empezó a limpiar con mucha fe las carnosas anchoas del Cantábrico, una a una. 
Ahora tiene un segundo local en la misma plaza y otro en Rubí, que regenta su hermano. Antes consumía una lata de 400 anchoas por semana, ahora alcanza las 2.000 y no da abasto. Al principio las cobraba a 1 euro la unidad, ahora también. 
La legión de convencidos de que son las mejores hace que sábados y domingos en Las Palmeras no quepa ni un alfiler. Saben que el fin de semana son recién limpiadas y condimentadas, y que también preparan morro y oreja de cerdo, patatas bravas, morcilla, croquetas, bombas, pinchos de gambas, cazón en adobo... 
No necesita publicidad. Se le ha ganado solito, con las armas de la humildad arraigada en el barrio marginal, la calidad del producto, la preparación devota y el trato amable. No le darán ninguna estrella Michelin ni ninguna página de publicidad indirecta en los principales medios de comunicación. No importa, quizá vale más no mezclar ambos mundos. 
Algunos nos sentimos más cómodos y agradecidos en el viejo bareto charnego de calidad, bodegas y cellers, que en los salones de moda. A raíz de la apertura este mes de enero del último de los restaurantes barceloneses de Albert Adrià (700 m2 en la esquina de Sepúlveda con Entença), un consolidado crítico gastronómico acaba de escribir sin rubor en el principal diario de la ciudad: “El capolavoro se llama Enigma y de momento no les contaré demasiadas cosas por fidelidad al críptico nombre. Tan solo que aquí el ágape se interpreta definitivamente como experiencia, que la aclamada sutileza albertiana alcanza a convertirse en etérea, que la arquitectura del local ha sabido crear un excelente no-lugar –limbos gastronómicos o itinerario celestial, si lo desean. Y que a mi modesto entender Barcelona, el país y el mundo han ganado un equipamiento cultural de referencia para el siglo XXI”.
Todos estos ditirambos yo los aplicaría al bar Las Palmeras, a la bodega Cal Johnny o al Celler Ca la Paqui, si practicase el mismo estilo descriptivo. Tal vez sea bueno que no nos mezclemos. Cada uno de ambos mundos tenemos nuestro orgullo, per motivos y caminos distintos.

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