4 feb. 2017

Afrodita y Venus no forman parte del olimpo oficial, lástima

Cuatro autores griegos y romano dejaron escrito que, cuando la ruta de navegación mediterránea habitual passaba ante el Monte Pirineo, se veía en la costa un Afrodision o templo de Venus. Lo dice Estrabón en el tratado Geografía, Pomponio Mela en De chorografía, Plinio el Viejo en Historia natural y Claudio Ptolomeo en Geografía. No especificaron el nombre del lugar. Podria ser en la loma de la colonia greco-romana de Sant Martí d’Empúries, en el extremo prominente del cabo Norfeu, en los aledaños de Sant Pere de Rodes o en el cabo Bear de Port-Vendres (nombre que deriva de Portus Veneris). A pesar de las fuentes escritas, la arqueología moderna no se ha preocupado lo más mínimo durante los dos últimos siglos, con un desdén fenomenal, en
localizar los restos del templo a la diosa pagana o pre-cristiana, ni siquiera en descubrir su ubicación.
La Afrodita griega, que los romanos llamarían a continuación Venus, no forma parte de la mitología nacional vigente ni del estudio científico de la arqueología oficial. Es una lástima. En ausencia de pruebas materiales, intento imaginarme el Afrodision cada vez que paso por Sant Martí d’Empúries, el cabo Norfeu, San Pere de Rodes o Portvendres. Pero sería preciso buscarlo físicamente. 
Puedo decir, con palabras de Josep Pla: "A mi me gusta vivir en un litoral que contiene un emporio griego" (Itàlia i el Mediterrani, OC 37). Pero el emporio griego debería excavarse y no lo está, a pesar de las apariencias. 
Los griegos hicieron entrar a los iberos de Empúries y sus vecinos sordones del Rosellón en la economía y la cultura global mediterránea, dentro de un paso de gigante civilizatorio, a escala de esta pequeña ciudad. Pese a la importancia del vuelco histórico, sobre los griegos de Empúries no sabemos prácticamente nada después de los primeros cien años de lentas y vacilantes excavaciones. 
En 1985 insistía el antiguo director de Empúries, Enric Sanmartí: "Un yacimiento semejante, que se excava desde 1908, es evidente que debería ser conocido hasta extremos insospechados; es decir que hoy, a finales del siglo, Empúries debería haber librado al mundo científico hasta el último dato histórico, de forma que pudiésemos conocer perfectamente sus orígenes, su evolución y su fin, a la vez que, paralelamente, todos los problemas de topografía antigua deberían haber recibido una explicación y una interpretación racional y coherente. Pero, mal que nos pese, eso no ha sido del todo así. Empúries todavía hoy es una gran desconocida para la ciencia arqueológica, en particular, y para la historia, en general" (El País, 15-12-1985). 
En 1999 los responsables del yacimiento confirmaban: "El estado actual de la investigación no permite precisar las características de la polis griega a mediados del siglo VI aC" (Xavier Aquilué, Pere Castanyer, Marta Santos, Joaquim Tremoleda: Empúries. Guies del Museu d'Arqueologia de Catalunya, 1999). 
La posterior ciudad romana de Empúries fue de mucha menor dimensión que Tarraco. En cambio la ciudad griega de Empúries es una de las pocas localizadas en toda la Península Ibérica y adquiere por ello una trascendencia de primer orden.
A través de Empúries la civilización de los griegos desplegó las anteriores aportaciones embrionarias de los fenicios, como la economía monetaria, una primera noción de urbanismo, los conocimientos agrícolas que permitían la extensión de cultivos como la viña y el olivo, las técnicas modernas como el torno de alfarero para la conservación y transporte de las cosechas (en vez de fabricar la cerámica rudimentariamente a mano). Y la erección de un templo ritual a Afrodita, claro está (el actual aspecto gótico tardío de la iglesia, bajo la que podría hallarse el Afrodision, procede de la reconstrucción iniciada en 1507 y concluida en 1538). 
La arqueología es una ciencia interpretativa. Desenterrar un yacimiento no consiste a sacar la tierra que lo cubre, sino darle una explicación documentada. Si esa tarea la realiza una administración pública, como en el caso de Empúries, la explicación debe ser accesible y útil a los ciudadanos que la sufragan, no una curiosidad limitada a la peña de eruditos, al paseo escenificado o la arqueología de cursos de verano. 
En el perímetro más extenso y explorado de la ciudad romana de Empúries tan solo se han excavado, a lo largo de los últimos cien años, ocho casas de les setenta manzanas localizadas. No todos los hallazgos han sido fechados ni interpretados correctamente, comenzando por el caso más ostensible de la estatua del dios Asclepio o Esculapio, considerada la principal pieza de escultura de estilo griego encontrada en la Península Ibérica. 
Los arqueólogos confiesan ahora con la boca pequeña que tal vez no se trate de Asclepio, cien años después de presentada como tal, sino de una posterior divinidad alejandrina o egipcia de Zeus Serapis (Júpiter Serapis para los romanos), dedicada también a la cura de enfermos, a la vez que retrasan la datación inicial del siglo IV aC hasta el siglo II aC. 
En Empúries la belleza paisajística del lugar es su primer atractivo, su principal fuerza de evocación. Aquí el escenario natural puede resultar más instructivo, revelador y estimulante que otras informaciones. Lo que seduce en primer lugar es el emplazamiento, su invitación a intentar entender la historia a partir de las facilidades concretas del terreno y los recursos naturales. Eso no obsta que sea preciso excavar. Otros poblados pre-helénicos vecinos de la misma época del Bronce Final, como el de la Fonollera cerca de la boca del Ter, en Torroella de Montgrí, son mejor conocidos que el de Sant Martí d'Empúries. 
El problema básico fue, desde el primer día, la configuración engañosa dada por Josep Puig i Cadafalch a las excavaciones, por falta de prioridades claras. Decidió, incomprensiblemente, que se excavara más en extensión que en intención.
La situación del primer asentamiento ibero y griego en la colina de Sant Martí d'Empúries era suficientemente conocida como núcleo central de la antigua ciudad. Sin embargo Puig i Cadafalch descartó trabajar ahí por razones que todavía en la actualidad resultan difíciles de entender y que marcaron la pauta de los cien años posteriores. 
El pueblo de Sant Martí d'Empúries se encontraba casi deshabitado y sus contadas casas no eran más complicadas de obtener que las demás parcelas de viñedo o cultivos de los alrededores que compró. Resultaba topográficamente indiscutible que el núcleo originario de Empúries debía tener el centro bajo la pequeña iglesia de Sant Martí d'Empúries, limitada entonces a una mínima actividad parroquial sufragánea. 
A pesar de aquellas evidencias, Puig i Cadafalch desplazó la búsqueda al llano, a la playa, al segundo asentamientp griego de la Neàpolis y la ciudad romana limítrofe. De aquel modo proyectó la falsa imagen de Empúries, referida a su parcial configuración del yacimiento. En realidad Empúries era en primer lugar –y sigue siendo-- el núcleo de Sant Martí d'Empúries, donde él no intervino. 
Se limitó a la parte más fácil, ofreció una idea distorsionada del conjunto. El núcleo esencial sigue sin exhumar, cien años después, como reconoce el director Xavier Aquilué: "Todas estas actuaciones han incidido para que se tenga una percepción del yacimiento de Empúries poco realista y que sectores importantes de este, como Sant Martí d'Empúries, hayan quedado fuera de las tareas de investigación, conservación y difusión realizadas desde el sector del yacimiento considerado administrativamente como 'Empúries', que abarca únicamente los terrenos de titularidad pública rodeados por las vallas del recinto limitado a la Neápolis y a menos de dos tercios de la ciudad romana" (Xavier Aquilué: "Introducció a Intervencions arqueològiques a Sant Martí d'Empúries (1994-1996). De l'assentament precolonial a l'Empúries actual". Monografies Emporitanes núm. 9, 1999). 
El centro de la investigación se hallaba en Sant Martí d'Empúries, pero nadie insistió. El segundo año de campaña, Emili Gandia realizó dos modestos sondeos de 45 cm de profundidad en el centro de la plaza de la iglesia de Sant Martí d'Empúries, en noviembre de 1909. Aquella primera tímida intervención no se repitió, pese a que el desalojo del cementerio adyacente a la iglesia (una vez trasladados los enterramientos a Cinc Claus a partir de 1915) dejó un solar expedito en pleno centro de la principal área.
En el mismo diario Gandia informó sobre las sucesivas intromisiones de los propietarios particulares. Fueron ocupando la zona con mayor agilidad y confianza en el hecho consumado que la actuación de las autoridades, sin que estas lo impidieran ni se opusieran. 
El solar del antiguo cementerio, en el centro neurálgico de la pequeña acrópolis emporitana, no fue excavado hasta 1962 por Martín Almagro, gracias al patrocinio económico de la William L. Bryant Foundation (Springfield, Vermont, Estados Unidos). Excavó la mitad de los 350 m2 del solar y los resultados figuraron en su monografía publicada en 1964 bajo el título Excavaciones en la Palaiapolis de Ampurias. Por primera vez se documentaron materiales cerámicas de época griega arcaica, en convivencia con cerámicas indígenas hechas a mano. 
La conquista de Focea el año 530 aC por el emperador persa Ciro II incrementó el exilio de población griega. Una parte de los expatriados se refugió en los establecimientos foceos creados a lo largo del Mediterráneo, en especial en Masalia (Marsella) y a partir de ahí en Empúries. En plena ruta comercial entre Masalia y Tartesos, Empúries se convirtió en un importante pequeño centro económico. 
A pesar de las dimensiones relativamente limitadas, era la mayor colonia griega de la Península Ibérica y prácticamente la única con carácter de núcleo urbano habitado por los colonizadores. Tan solo veinticinco años después de crearse el primer establecimiento griego en la colina de Sant Martí d'Empúries o Palaiapolis, entre el 625 aC y el 615 aC, ya se extendió a los terrenos adyacentes de la Neapolis, a la vez que ampliaba la primera muralla, establecía relaciones con otras colonias foceas y acuñaba moneda.
Es muy posible que los indigetas de Empúries y los vecinos sordones del Rosellón, pertenecientes a tribus que vivían el momento de transición entre la cultura del Bronce Final y la primera Edad del Hierro, hubieran mantenido tímidos contactos previos con etruscos, fenicios y otros griegos, antes de la implantación de los foceos. Estos últimos significaron un salto cualitativo de despliegue humano, más allá del puro intercambio comercial. 
Los llamados pueblos de los campos de urnas instalados en Empúries llegaron de tierras centro-europeas cuatro siglos antes, hacia el año 1000 aC, procedentes de la zona danubiana a través del sur de Francia. Poseían una lengua indoeuropea propia, rituales diferentes (entierro en urnas de los cuerpos incinerados, por eso llamados pueblos de campos de urnas) y conocimientos de la metalurgia del hierro (forja de utensilios domésticos, de trabajo y militares). Incorporaron esos conocimientos al substrato de las poblaciones locales anteriores.
Entre otras tribus iberas, los indigetas o indiketas ampurdaneses coexistían con los sordones del Rosellón, los layetanos de Blanes a Barcelona, los cosetanos del Penedés y el Campo de Tarragona, los ilercavones hasta el llano de Castellón, los ausetanos en el Bages y Osona, los ilergetas en Lleida hasta Huesca. 
El nombre de iberos y de Iberia lo pusieron los griegos a las tribus del Mediterráneo peninsular, por la importancia del caudaloso río Iberus (Ebro) a ojos de unos hombres procedentes de tierras bastante más secas. La colonización griega de Catalunya y la costa levantina fue más superficial que en el sur de Italia y Sicilia, sin producirse una helenización comparable de la población. No por eso resultó menos determinante a escala local en lo referente a la progresión de la cultura de los iberos. 
Los griegos les proporcionaron nuevos bienes manufacturados: cerámica ática de arcilla cocida hecha en torno y pintada a mano, orfebrería y talismanes cartagineses en marfil o metales preciosos, vasos de vidrio o alabastro, aceite y sal de Ibiza, perfumes y ungüentos de Egipto, vinos de Rodas, tejidos y tintes fenicios, armas forjadas... Lo cambiaban sobre todo por cereales cosechados por los autóctonos en las buenas tierras de la inmediata segunda línea, como el trigo --muy cotizado en Atenas y su región del Ática, tradicionalmente deficitaria en alimentos-- o bien pieles, esparto y particularmente el lino, del que Estrabón afirma que los emporitanos eran hábiles en tejerlo. 
En el primitivo poblado de Sant Martí d’Empúries podían vivir unos 250 habitantes, sobre la base de la dimensión calculada de una hectárea y media y una cantidad estimada de 160 a 170 habitantes por hectárea. Aumentaron hasta unos 1.500 tras la llegada de los griegos. En la inmediata segunda línea, navegable a través de los ríos Ter y Fluvià, se encontraban otros poblados indigetas. 
El promontorio de Sant Martí d'Empúries, una de las últimas afloraciones del macizo calcáreo del Montgrí, ofrecía cara al mar un relieve escarpado difícil de expugnar por incursiones marítimas hostiles. Hacia el interior presentaba una suave pendiente de fácil acceso en dirección a las marismas y tierras de los alrededores. La bahía permitía pescar, los campos cercanos cultivar y el ambiente lacustre cazar aves migratorias. 
La mayoría de aspectos concretos de la ciudad griega originaria siguen sepultos e ignorados. La decadencia del principal comprador del trigo ampuritano, a raíz de la derrota de Atenas por el imperio macedónico, se tradujo en el paso del siglo IV al siglo III aC en la desaparición de cerámicas atenienses en Empúries.
Los ampuritanos empezaron a comerciar más con Roma, la nueva potencia en ascenso. Desembarcaría con toda la fuerza militar el 218 aC en este pequeño y consolidado puerto ibero-griego, para no marchar, ampliarlo y colonizarlo durante los siglos siguientes. 
Sant Martí d'Empúries se fue despoblando, convertido en un minúsculo agregado rural de La Escala, hasta encontrarse prácticamente deshabitado a la llegada de los ingenieros y los arqueólogos a principios del siglo XX. Solo subsistían una decena de casas que conservasen el tejado, habitadas por familias de aparceros que se ocupaban de las tierras, aunque la corta distancia hasta La Escala no lo convertía en un lugar desconocido ni borrado. 
Después de cien años de excavaciones oficiales muy parsimoniosas, los arqueólogos nos siguen debiendo un Afrodision o templo de Venus. Intento imaginármelo cada vez que paso por ahí.

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