1 feb. 2017

El almendro bastardo del Coll de Banyuls florece como una proclama

El camino milenario del Coll de Banyuls existe desde que el mundo es mundo, mucho antes de que los romanos pusieran el pie en Hispania por la playa de Empúries el año 218 antes de nuestra era. Enlaza los dos llanos gemelos del Empordà y el Rosellón por encima del suave cambio de rasante que forma el Pirineo en este punto, muy endulzado justo antes de zambullirse en el Mediterráneo. El camino sale del pueblo de Espolla y llega 20 km después a la playa de Banyuls. En el lomo del Coll de Banyuls los gobiernos de París y Madrid colocaron su frontera estatal a raíz del Tratado de los Pirineos de 1659. Los mapas se han dibujado y redibujado muchas veces, son más recientes que los caminos. Amo al Coll de Banyuls, encuentro que
simboliza un puñado de cosas con una elegancia admirable. Cuando la carretera alcanza la asequible cumbre, forma un mirador. A un lado crece un almendro bastardo, aislado, hijo natural de alguna semilla errante llevada por el viento. Es un árbol casual, indeseado, náufrago de un regate de la naturaleza, una modesta filigrana.
Nadie lo ha podado ni educado nunca. Cuatro ramas surgen de la base, crecen a su antojo y le restan fuerza y porte arbóreo. Es un almendro aferrado al orgullo del superviviente pese a la falta de caricias, la incomprensión del mundo ante el bastardo desubicado, la crudeza del destino de la criatura desamparada que muerde el polvo en su espontánea peana. La dignidad natural, el auténtico rango, no tiene nada que ver con la nobleza comprada o heredada. 
Florece cada invierno en un ejercicio de rigor y ternura sobre este terreno áspero, aunque aireado y claro. Lo hace precisamente en pleno frío, como una amabilidad insolente de la naturaleza frente a la tierra yerta, el rictus de los demás arbolees deshojados y la coreografía ceniza del mundo invernal. Florece en lo más crudo del frío, como un recordatorio luminoso de los mecanismos internos del ciclo biológico, de la reviviscencia que late bajo el aparente letargo invernal. Va a contracorriente para adelantarse. 
Su germinación repentina contrapuntea a los terrosos sementeros mudos. La delicadeza de sus flores blancas, despiertas como pupilas vivas, son el resultado de un pequeño milagro, el forcejeo de un latido, el embate de un instante, la distensión de una fuerza biológica sorda, el chispeo de un deseo cincelado por el viento, una plácida y escurridiza ilusión. También pueden pagar muy cara su belleza impaciente, si se producen heladas tardías. Andar por libre siempre ha tenido un precio. 
El físico alemán Werner Heisenberg, galardonado a los 32 años con el premio Nobel, postuló en su principio de incertidumbre que el hecho de mirar, de observar por parte de una persona determinada provoca que se apropie de las variables de lo que observa y desvíe su significado según su punto de vista. La valoración de cada paisaje la modula el tipo de mirada que cada uno le pone. La mentalidad del observador modela el paisaje, no a la inversa. 
En la narración titulada Los almendros, escribió Albert Camus: “Cuando vivía en Argel, sentía todo el invierno una inquietud porque sabía que, en una noche, una sola noche fría y pura de febrero, los almendros del valle de los Cónsules se cubrirían de flores blancas. Me maravillaba ver como esa nieve frágil resistía todas las lluvias y los vientos del mar. Y cada año persistía apenas el tiempo preciso para germinar el fruto... Ante la enormidad de la jugada en que nos encontramos envueltos, es necesario tener muy presente, sobre todo, la fuerza de carácter. No hablo de aquella que en las tribunas electorales acompaña a las cejas fruncidas y las amenazas, sino la que aguanta todos los vientos del mar con su blancura y su savia. La que, dentro del invierno del mundo, hace germinar el fruto”. 
Cada vez que paso por el Coll de Banyuls saludo la vibración del almendro bastardo mientras me acodo, abstraído, en la baranda de madera del mirador. Escucho los sonidos que no escucho nunca. Le dedico unos instantes de duración lenta, embebidos de la esencia del aire, arraigados al margen de la lógica de la prisa y muy bien correspondidos por la ternura pagana del valle de Banyuls, visto de repente con el dibujo, el color y la carne de un cuadro de Giorgione.

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