7 mar. 2017

El lujo delirante de Versalles acabó en la guillotina, pero aun lo adoran

Ayer se reunieron en el palacio parisino de Versalles los presidentes o jefes de gobierno de Alemania, España, Francia e Italia, los cuatro países más poblados de la zona euro. Lo chocante no fue la reunión, sino el escenario, el hecho de que la República francesa y su presidente socialista todavía utilicen para montar sus recepciones internacionales el lujo delirante del antiguo palacio real, símbolo de los desmanes de la monarquia que acabó en la guillotina La megalomanía versallesca simboliza el delirio del pode. Luis XVI, el Rey Sol empachado de gloria, decidió construir en Versalles un palacio nunca visto, una  mise en scène
megalómana de la majestad del monarca, presentado como superhombre digno de ejercer el poder absoluto en un fabuloso castillo ajardinado de 700 estancias y 13.000 m2 bajo techo. El fastuoso papel personal del soberano era su forma de gobernar.
Lo ocupó en 1677, en un delirio de lujo y refinamiento. En su libro Louis XIV et vingt millions de Français, el historiador Pierre Goubert apunta: “Nueve sujetos del rey Luis trabajaban con sus manos de manera ruda y oscura para permitir al décimo librarse a las actividades burguesas o simplemente a la pereza”. 
El versallesco reinado de Luis XIV se caracterizó por la miseria acentuada en todo el país. El hambre, la peste y las guerras diezmaron a dos de los veinte millones de franceses. El obispo jesuita y escritor Jacques-Bénigne Bossuet clamaba en 1661 desde el púlpito a los poderosos: “¡Mueren de hambre! ¡Sí, señores, mueren de hambre en vuestras tierras, en vuestros castillos”. 
El otro célebre obispo y escritor del momento, François Fenelon, escribió en 1694 en los mismos términos su conocida “Carta al rey”: “El pueblo que os ha amado tanto, que ha tenido tanta confianza en vos, comienza a perder la amistad, la confianza e incluso el respeto. Todos lo ven y nadie se atreve a hacéroslo ver. Quizás lo veréis demasiado tarde”. 
Luis XIV traspasó el problema a su bisnieto Luis XV, tras colocar a otro nieto como primer Borbón de España, Felipe V, al precio de la terrible Guerra de Sucesión. El bisnieto tampoco resolvió ninguno de los desequilibrios flagrantes de su país. Lo traspasó al nieto siguiente, Luis XVI, que lo pagó en la guillotina.
El rey, la nobleza y los clanes del poder no supieron percibir, en Versalles, cómo giraba el viento.

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