20 mar. 2017

El momento de la primavera en Holanda: los tulipanes nunca llegan solos

Holanda es una tierra baja atlántica y deltaica que tiene la humedad metida en el carácter. En cambio con la llegada del buen tiempo protagoniza un estallido vital sin comparación. Un millón de devotos desfilarán del 23 de marzo al 21 de mayo ante uno de los mayores espectáculos del mundo en el Keukenhof, el parque floral más extenso de Europa, entre Amsterdam y La Haya (autobuses directos comunican con el aeropuerto internacional de Schipol). Florecen de golpe siete millones de bulbos (tulipanes, jacintos, narcisos), plantados cada año de forma distinta a lo largo de 32 hectáreas de parterres. El golpe de sangre de las
liliáceas en su instante de plenitud, la eclosión de colores en el momento más vivo provoca, lo tengo comprobado, una autentica iluminación de fe en las flores.
El Keukenhof es el camino de iniciación más eficaz para los tibios de espíritu ante la lírica de las flores, convertidas aquí en una industria tan sólida como delicada, arraigada y evanescente al mismo tiempo. La jardinería --la botánica urbanizada— es un de los indicadores sutiles del grado de civilización. Los holandeses han convertido las flores en una demostración de fuerza, un despliegue de cultura, otra exhibición de su dominio de la naturaleza. 
Los ingleses se aferran a la apoteosis del Chelsea Flower Show, del 22 al 26 de mayo. Los franceses van a la zaga con el festival internacional de jardines de Chaumont-sur-Loire, en plena región de los castillos del Loira. Aquí tenemos el Girona Temps de Flors o bien, en Barcelona, el moderno Jardí Botànic de Montjuïc y el rosedal del Parc Cervantes en un extremo de la Diagonal, aunque se hable menos. 
El otro gran momento primaveral de aquel pequeño país lluvioso llega en mayo con la aparición en las calles de los puestos de arenques nuevos marinados o “maatjes”, engullidos por los paseantes de un solo bocado con un estudiado movimiento de suspensión vertical por la cola con los dedos pulgar e índice de la mano sobre la boca abierta, orientada deleitosamente al cielo, como aquí hacemos con los calçots
En el Mediterráneo identificamos el arenque como pescado seco y prensado, ferozmente salado y pobre por definición, procedente de una expeditiva modalidad de conservación. En el Mar del Norte han consagrado el reinado del arenque en especialidades más afinadas. 
Allí el arenque esencial es el de temporada, el arenque nuevo, fresco, recién pescado, consumido de mayo a octubre en crudo, suavemente marinado en agua salada, descabezado, sin espina y eviscerado, pero entero. El día glorioso del año en que los primeros llegan a los puestos callejeros, se renueva el milagro del acceso general a una de las carnes más perfumadas y tiernas del mar, comida casi cruda con devoción comprensible. 
Los holandeses han sentenciado: “Haring in land, docteur aan de kant” (Arenque cerca, médico lejos), del mismo modo que los ingleses pretenden “An apple a day keeps a doctor away”. Además de los “nieuwe haring” y los “maatjes” marinados, también los preparan escabechados, ahumados, fritos, al vapor...  Sin embargo nada iguala la simplicidad del máximo placer brindado en cualquier esquina: el arenque nuevo saboreado al paso, con la boca orientada al cielo.
Para ellos es como un retorno a sus raíces del mar.  El tulipán simboliza a Holanda, aunque el arenque –su modalidad de arenque— tiene el mismo mérito, la misma delicadeza sabia.











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