29 abr. 2017

La belleza imbatible de dos simples tórtolas en Atenas

Junto a la entrada del moderno Museo Arqueológico de Atenas, construido de nueva planta al pie de la Acrópolis, se halla este pino retorcido, a un lado de la amplia avenida peatonal de Dionisio Areopagita. A raíz de mi última visita sorprendí sobre este tronco a dos tórtolas en pleno cortejo nupcial, diminutas y a la vez pomposas, esbeltas, momentáneamente suspirantes y atolondradas. Estaban enamoradas. Se aparejaban con una satisfacción juguetona. Compartían con efusión bamboleante su estado de ánimo coincidente. Habían decidido que se avenían con aquel otro ejemplar concreto de la especie, tentadas por los alicientes de la vida en común pese a la volatilidad de la relación sentimental, ajena a toda pretensión empírica. Frené
el paso para observarlas con precisión, encaramadas por una vez a la altura exacta de mi vista. Se encontraban tan cerca que intercambiamos la mirada. Me pareció ver titilar en el puntito de sus ojos vivos una ilusión, un latido afectuoso, la chiribita de un sueño. Quizá solo fue una impresión mía, pero la encontré clara, de una vivacidad precisa.
No dio resultado mi intento de sacar la pequeña cámara fotográfica del bolsillo con un movimiento muy lento para no ahuyentarlas. Emprendieron el vuelo antes de conseguirlo y no pude fotografiar la imagen, aunque me quedó grabada. 
El elegante plumaje gris de las tórtolas, suntuoso y tibio, lucía más todavía contra el azul vehemente del cielo del Ática, un esmalte de luminosidad tensada que genera sombras turgentes y jugosas. Los humanos siempre hemos otorgado a la visión de una pareja de tórtolas, ya sea en pleno vuelo o en momentánea inmovilidad, una carga romántica que deriva de la silueta tan esbelta y el color finíssimo de esos pájaros. Tal vez también intervenga en el subconsciente la suculencia de su carne guisada, asociada a la de las codornices, los pichones, las torcazas o las perdices. 
Los humanos miramos a las tórtolas con adorable candidez. Las consideramos animales mucho más líricos que las palomas, pese a que las palomas también se enamoran y que me gusta mucho volver a escuchar de vez en cuando la Danza de la paloma enamorada, pequeña obra maestra para guitarra solista, o releer el tratado amoroso El collar de la paloma, escrito en prosa árabe en Játiva hacia el año 1023. Las tórtolas están idealizadas, eso es todo. 
Los hombres solo hemos aprendido a volar embutidos en el interior de gigantescos aparatos metálicos, apretujados dentro de auténticos diplodocus con motor, sin parentesco alguno con la agilidad grácil de las tórtolas y los pájaros en general. El hombre, en el fondo de su almita, se sabe inferior a los pájaros en este aspecto y los mira con una envidia funcional freudiana, se emboba ante ellos con una ternura desconocida, los admira como a los ángeles de la naturaleza real y, cuando puede, se los come con una voluptuosidad secreta. 
El hombre solo sabe volar con la imaginación. Aun así se pega unos trompazos monumentales, por eso mitifica a los pájaros y a la práctica del sexo a bordo de los aviones. 
Aquellas dos tórtolas vistas de cerca sobre el tronco del pino tumbado en la avenida peatonal ateniense, justo debajo de la Acrópolis, giraron la cabeza a bandazos durante unos instantes, para escrutar el círculo del mundo visible mientras zureaban entre ellas o quizá para lucir más aun la característica mancha cebrada de blanco y negro que las singulariza a cada lado del cuello. De repente arrancaron el vuelo con una gracia imposible de adjetivar con palabras, por lo tanto más fascinante de contemplar como una maravilla elemental y al mismo tiempo inefable. 
En aquellas dos tórtolas enceladas vi durante unos instantes más belleza y más arte que en las cariátides, los kouros, el Moscóforo y los preciados mármoles de la Antigüedad que acababa de admirar en el interior del museo.

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