17 may. 2017

El limonero como recuerdo decorativo y los limones por el suelo

Ayer la lectura del diario me alegró el día, por un artículo sobre el joven emprendedor leridano Gerard Barsalà. Acaba de abrir hace un año su obrador de licores artesanales Elixirs de Ponent y vende ya 6.000 botellas. El 85% corresponden a su limoncello que denomina Llimonetti, con una graduación alcohólica de 25 grados, sin colorantes ni aromas que no provengan de los limones ecológicos que utiliza. España fue el primer país europeo productor y exportador de limones. Sin embargo la industrialización de la agricultura y la búsqueda del “valor añadido” con productos más caros ha llevado a disminuir radicalmente el cultivo de
limones. Lo han “deslocalizado” a Turquía, Marruecos o Argentina, donde el jornal de los trabajadores agrícolas de un mes equivale al de un solo día aquí. 
El limonero se ha convertido en un recuerdo, a lo sumo un árbol individual par a decorar e iluminar el jardín. El paisaje mediterráneo de aquí acusa la ausencia del estallido de luz de los limoneros, el perfume dulce de su flor, su gota de ácido vivo sobre la melaza general, la acharolada hoja perenne y brillante que hace refulgir la luz solar. 
Diez años atrás en el Baix Ebre y el Montsià cuadriplicaron la superficie dedicada a cítricos, pero la globalización de los mercados, el aumento de costes de producción y transporte y la presión de las grandes empresas de distribución sobre los precios provocan en la actualidad que la mitad de la cosecha se pudra en el árbol o por el suelo. Los compradores al por mayor pagan a los agricultores un tercio de lo que cuesta cultivarlos, de modo que muchas veces ni los cogen del árbol o suplican al cielo una buena helada para cobrar el seguro. 
Quedan muy pocos campos de limoneros. Tampoco somos país de limoncello, con permiso de la constelación subsistente de ratafías. La corteza de limón que imprime carácter a la crema de San José o crema catalana proviene hoy de otras latitudes. Las investigaciones judiciales han relacionado al extesorero y exdiputado del PP Luis Bárcenas con la propiedad de la megafinca argentina La Moraleja, en la provincia de Salta, de una extensión de 30.000 hectáreas (tres veces la superficie de Barcelona), convertida en rentable gigante mundial de exportación de cítricos.
Conocí a un un último abuelo que cada otoño elaboraba su licor de membrillo y me regalaba una botella. No he probado nunca más un licor tan rico.
Todas les regiones culturalmente vinícolas conservan sus particulares licores de maceración, bebidas alcohólicas aromatizadas con frutas o hierbas, más el añadido de azúcar. Se obtienen mediante métodos caseros, igual que los destilados y aguardientes.
Cuando el luminoso árbol de su huerto ofrecía cada otoño la abundante cosecha de membrillos rollizos y rugosos, veía al abuelo iniciar el proceso. Primero los rayaba laboriosamente, con piel y todo. Los membrillos son de carne dura y no se habían inventado las licuadoras. Con la rayadura hacía una pelota dentro de un trapo limpio y exprimía el jugo. En las botellas de vidrio introducía una libra de azúcar por cada litro de jugo, media nuez moscada, tres o cuatro granos de clavo de especie y una proporción de alcohol que no revelaba en detalle. 
Las tapaba con un vaso cabeza abajo para que respirasen. Las colocaba alineadas a sol y serena durante cuarenta días para que el aire indujese su fermento. En el momento de la luna vieja de marzo, colaba el líquido y me regalaba una como si no aquello tuviera importancia. 
El especialista universal Jaume Fàbrega ha publicado una receta de licor de membrillo en El llibre de la ratafia. La empresa de licores artesanos Quevall, de Bellpuig d’Urgell, comercializa una Ratafía de Membrillo, aunque no sea como la de aquel último abuelo que me relegaba una botella a guisa de gentileza espontánea, humilde, inigualada. Aquella botella concentraba toda la calidez del sol de otoño, la levadura del aire de las noches, la sabiduría humana heredada, una proporción de alcohol inconfesada y el toque decisivo de la generosidad.

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