12 jun. 2017

El mar no siempre se deja escribir, a veces no quiere

Las estadísticas indican que Catalunya tiene 300 días de sol al año y Holanda 80. El sol procura aquí sesiones gratuitas de fototerapia. Dicen que el mal tiempo de Boston ayuda a los científicos a investigar. Digan lo que digan, no se vive igual un día  soleado que un día nublado o lluvioso, cuando el cielo se hace el pipí encima. La parte de calidad de vida que proporciona el confort climático natural no se paga con dinero. No depende solo del clima, eso también es cierto. En el interior de las viviendas desfavorecidas de los países temperados se puede pasar mucho frío en invierno y, en cambio, en las de los países gélidos acomodados vivir en mangas de camisa. También lo tengo comprobado.  El clima no es ajeno al hecho de que el Mediterráneo
conozca la mayor concentración de turismo de vacaciones del mundo.
El fenómeno tiene caras distintas, como señala el historiador Georges Duby: “Actualmente el turismo europeo toma en el Mediterráneo unas formas que socialmente, culturalmente, llamaríamos patológicas. Los europeos desfilan por el Mediterráneo cargados de dinero y deseos. Asistimos a la expansión de una subcultura con efectos perversos que ya se aprecian sobre las culturas locales. Una subcultura cerrada en sí misma, menospreciadora. Hemos entrado en el tiempo del menosprecio, del menosprecio recíproco” [Els ideals de la Mediterrània dins la cultura europea, Barcelona 1995]. 
Los turistas pasan, el clima sale cada día para todos. De mañanita salgo cada día a caminar hasta la orilla del mar, en invierno y en verano, los días en que ruge y enviste, cuando susurra confiado con crestas de pañuelos blancos o cuando se convierte en un espejo poblado de azules, un fuego que nadie sopla. A primera hora todavía podemos tutearnos, y lo hacemos. 
La literatura utiliza al mar como decorado, con recursos más o menos diestros que intentan enmarcarlo, entenderlo. Yo lo miro. Me siento pagado con poder hacerlo de tu a tu cada día. No le pido más que esa presencia fiel. 
Cada uno tiene su mar, claro está. Muchas veces lo han antologado. Yo mismo en guardo en una carpeta apuntes, recortes, referencias. Sin embargo la carpeta no contiene a mi mar, el de ayer a primera hora, porque aquel no quiere servir de página. El mar escrito suena muchas veces a desagüe doméstico. 
El mar de los clásicos griegos era un campo de azares difíciles, de lucha por la vida. El ciego Homero abrió el camino de los epítetos dedicados al mar: "resonante”, “incansable”, “color de vino". Desde las aventuras de los argonautas, el chorro no ha cesado. 
Josep Pla afirma en Notes del capvesprol: "Los poetas que en este país han escrito sobre el mar son escasísimos". El superlativo me parece precipitado. Otra cosa es que se hayan lucido más o menos. 
Las Crónicas catalanas medievales, especialmente la de Ramón Muntaner, constituyen fabulosos libros de aventuras marineras. Ramón Llull deseaba "morir en piélago de amor". Ausiás March creía que "veles e vents han mos desigs complir, faent camins dubtosos en la mar". 
La escuela mallorquina ha dejado fragmentos de primer orden, como “El pi de Formentor” de Miquel Costa i Llobera o “Miramar” de Joan Alcover:

Sempre visquí vora del mar,
mes fins avui no el coneixia;
sobtadament, a Miramar,
m'ha revelat sa fesomia.
Sembla somriure i alenar,
com una verge qui somnia;
de món a món sembla passar,
com una immensa correntia.


A veces la literatura universal ha tenido la pretensión de definir al mar con una frase, una sentencia. Algunas han gozado de gran fortuna: "El mar, sonrisa innombrable" (Esquilo), "La mer, la mer toujours recommencée" (Valéry); "El mar, la gran desnudez" (Eugeni d'Ors)... Los colegiales franceses saben de memoria los maravillosos versos de Baudelaire:

Homme libre, toujours tu cheriras la mer.
La mer est ton miroir,
tu contemples ton âme
dans le deroulement infini de sa lame.


A esas definiciones imposibles yo le añadiría una otra: "El mar es canción de mil canciones que nadie puede cantar". Es de Josep Martí Clarà, conocido en Palafrugell por el apodo de Bepes. Estos versos, musicados per Ricard Viladesau y cantados por Josep Bastons, pueden cobrar en el Port Bo de Calella de Palafrugell una predilección muy franca. Sí, ya lo sé, recuerdan a los de Saint-John Perse en el poema “Amers”:

Et c'est un chant de mer comme il ne fut jamais chanté,
et c'est la mer en nous qui les chantera.


Dudo mucho de que Bepes plagiase a Saint-John Perse. En cualquier caso, el plagio es el hilo conductor de la cultura de todos los tiempos. Saber copiar de un buen modelo representa un acierto, mientras que el anhelo de originalidad resulta inútil la mayoría de las veces y da pie a piruetas ridículas. 
“El mar es canción de mil canciones que nadie puede cantar”, está bien dicho.

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