26 ago. 2017

La Atenas de Pericles unió democracia y belleza para prestigiarse

Atenas no es solo la de la antigüedad. El apogeo de Pericles ocupó tres décadas de un total de tres milenios de la ciudad. Sin embargo aquellas tres décadas del siglo VI aC se vieron marcadas por su invento de la democracia. El esfuerzo de los atenienses por defenderse y prosperar intentaba evitar la guerra interna mediante las buenas leyes puestas al día y haciéndolas respetar. Entre los años 621 y 508 aC nombraron consecutivamente a tres árbitros, mediadores, legisladores, magistrados o arcontes con poderes reguladores: Dracón --el de las leyes draconianas--, Solón y Clístenes. No siempre lo lograban. Las tensiones internas solían producirse en el seno de la aristocracia de los eupátridas o bien entre estas familias propietarias de la tierra y los campesinos, artesanos y comerciantes. En definitiva, entre ricos y
pobres. Los equilibrios sociales derivados de cada reforma no dejaban de ser inestables, a la merced de algún golpe de Estado por parte de los aristócratas que se sintieran perjudicados y reimplantaran la tiranía, la cual podía ser incluso relativamente popular o innovadora en algunos aspectos y algunos momentos.
El aristócrata Pisístrato gobernó dictatorialmente Atenas tres veces seguidas, del 561 al 527 aC, relevado por sus hijos Hípias e Hiparco, quienes dejaron paso al período democrático, al apogeo del período clásico basado en la activa oposición ciudadana a la tiranía y el ejercicio del poder reorganizado, dentro de un cambio de enorme trascendencia que conocemos con el nombre de democracia. 
Aquella innovación propia de Atenas --no de otros núcleos urbanos griegos como Esparta, Corinto ni Tebas-- aportó soluciones a la stasis o guerra interna, pero tuvo que enfrentarse a la temible polemos o guerra externa declarada por el vecino imperio persa. La primera de las tres guerras médicas contra los persas la ganaron los atenienses en la batalla de la llanura de Maratón el 12 de agosto del 490 aC. 
A pesar de los trescientos heroicos espartanos de Leónidas, la segunda se decidió en el desfiladero de las Termópilas a favor de los persas, quienes saquearon Atenas, antes de ser vencidos y expulsados por los atenienses a raíz de la batalla naval de la isla de Salamina el año 480 aC.
El nuevo emperador persa Artajerjes atacó de nuevo al cabo de pocos años, pero la Liga fundada por Atenas y Esparta para defender el territorio y las colonias jónicas del Asia Menor logró de nuevo la victoria. El tratado de paz rubricado por el emperador derrotado y por Pericles el año 448 aC obligó a los persas a desistir definitivamente de la pretensión de expansionismo en territorio griego. 
El resultado de la batalla de Salamina abrió las puertas al siglo de oro que apenas duró cuarenta años y que todavía hoy admiramos. La ciudad se encontraba toda por reconstruir bajo la dirección ilustrada de Pericles. 
Debían residir en ella entre 200.000 y 400.000 personas, las dos terceras partes en las afueras rurales. Tan solo un 10% de aquellos atenienses tenían el estatuto de ciudadanos y podían votar. Las mujeres representaban la mitad de la población sin derechos legales. No eran ciudadanas, aunque su papel descolló gracias al testimonio de las obras literarias: Medea, Clitemnestra, Elena, Penélope, Lisístrata, Electra, Ifigenia, Hécuba, Fedra o Antígona encarnan aquella cultura con tanta o más precisión que muchos hombres. 
Durante las tres cortas décadas del mandato de Pericles se levantaron con enorme rapidez los edificios actualmente considerados joyas gloriosas de la historia de la humanidad. Aquella monumentalización de la ciudad estaba destinada a enaltecer la política y la cultura del régimen democrático que acababa de vencer a los enemigos externos y, de paso, ocupar el elevado volumen de mano de obra desmovilizada y turbulenta. 
Los filósofos pusieron algunas ideas. Aristóteles escribió en el tratado Metafísica: “Las formas supremas de la belleza son la conformidad con las leyes, la simetría y la determinación. Justamente estas formas se hallan en las matemáticas y, dado que parecen ser la causa de muchos objetos, las matemáticas se refieren en cierta medida a una causa que es la belleza”. 
También era una de las ideas básicas de la teoría de Platón, quien no concebía el universo sin armonía y belleza, veinticinco siglos antes de que John Keats dijera en la enigmática “Oda a una urna griega”: “La belleza es la verdad, la verdad es belleza, eso es todo lo que necesitas saber”. Es decir que sabemos poco al respecto.

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