19 ago. 2017

Tres plazas de Roma: ramblear en la escalinata de Piazza Spagna (y 2)

Roma debe ser la ciudad de fuera que amo desde hace más tiempo. De vez en cuando regreso para reencontrar amigos (si no están ocupados), para ramblear a lo largo de la monumental escalinata barroca de Piazza di Spagna (si no está en obras) para sentarme a tomar uno o dos amari en la terraza del bar de Piazza Farnese (si no está cerrado) y mirar pasar el aire de la vida mientras juego mentalmente a los dados con los recuerdos: algunos fútiles, otros exquisitos y fragantes como una ofrenda a los dioses que nunca dicen nada. Roma es una ciudad de plazas que se sienten queridas, comprendidas, reconocidas, mientras se marchitan lentamente con la fe puesta en algún
futuro, como un edificio de la memoria contra el tiempo que pretende momificarlo todo y no lo logra, porque el deseo vivaz y desobediente se interpone y barniza de nuevo la madera de los sentimientos. En uno de los aforismos del Libro del desasosiego,
Fernando Pessoa sostiene: “Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.
El primer día en Roma sin escribir me acecha el peso del remordimiento profesional. El segundo también, pero ya no tanto. El tercero me declaro definitivamente libre de amar a la ciudad sin explicaciones escritas, con la libertad de los viejos amantes que se entienden con la mirada. 
Me concedo la licencia de pasear y civilizarme en Roma sin escribir. También es una manera de amarla que me apetece, sin reproches ni compromisos que se contenten de poco. Todo lo que tenemos que decirnos, después de tantos años, podemos hacerlo con los sobreentendidos que hemos asentado. Los argumentos ya no es preciso repetirlos, son los mismos. 
Escribir no es una función natural, tan solo un ejercicio. El amor correspondido da más sentido y más impulso a las cosas que las palabras. “Par tibi Roma, nihil cum sis prope tota ruina”. Nada como tu, Roma, aunque no seas más que ruina.

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