23 ago. 2017

Volver a reír con aquel Grupo de Bloomsbury ampurdanés, en homenaje

Los artículos necrológicos que mereció la muerte del historiador del arte Frederic-Pau Verrié el pasado mes de febrero, a los 96 años, me parecieron resecos a la hora de hablar de una persona que recuerdo por el sentido del humor de sabio parlanchín, quizás porque le traté fuera de las tribunas oficiales, en la esfera privada de un trío de jubilados brillantes y divertidos, una especie de pequeño Grupo de Bloomsbury formado junto a él por el arquitecto Enric Tous y la crítica de arte Maria-Lluïsa Borràs, los tres divorciados y ahora reunidos por los fines de semana que compartían en el Empordà. Maria-Lluïsa Borràs tenía casa con mirador en el casco histórico de Ullastret, que Tous había
rehabilitado. En cambio la casa antigua que en aquel momento compraron en común Verrié y Tous en el pueblo de Cruïlles, cerca de La Bisbal, aun lo tenía todo por reformar.
Se enamoraron de ella porque está en “un pueblo que lleva diéresis”, decían. El propietario por herencia familitar era un exiliado anarquista que se había convertido en alcalde de la población francesa de Hyères, hasta donde se desplazaron para formalizar la compra, como explica Tous en su libro L'arquitectura i la vida.
Frederic-Pau Verrié también era arqueólogo. Eso supuso un largo retraso de las obras de reforma de la casa, en cuyo subsuelo quiso excavar previamente, para desesperación de Tous y amigos comunes. Era un hombre de trayectorias largas, de curiosidad en todas direcciones. 
Mi mujer y yo proveníamos de una generación distinta, pero nos ahijaron con una simpatía contagiosa, irreprimible, gratificante. Seguramente porque la diferencia generacional, más que distanciarnos, nos divertía. Y porque les escuchábamos con fruición. 
Verrié, Tous y Borràs tenían buena memoria y eran un pozo de conocimientos, experiencias y guasas, cada uno por separado y más aun colocados juntos. Los aperitivos, las sobremesas, los paseos resultaban inagotables, no terminaban nunca y reíamos sin cesar. 
Frederic-Pau Verrié mantuvo hasta el final una relación sentimental con Italia que daba pie a continuos desplazamientos, noticias, lecciones, anécdotas. Solo por escucharle hablar de Italia, en la época en que yo la descubría con avidez, valía la pena prestar atención al caudal de su facundia. 
Su novela Giorgione a Castell Margarit, publicada a los 90 años, transcurre en Italia. Quim Nadal la reseñó: “Aparece también su espíritu juvenil, su pasión indómita, su vitalidad imparable. La novela es una gran historia de amor en que se solapan unas relaciones clandestinas entre Clàudia y un joven profesor que hallan en el castillo el refugio perfecto y romántico para su relación pasional. Transitamos del gusto y el arte italianos a la mitología griega al hilo de un hallazgo excepcional, una presunta Venus del Giorgione” (El Punt-Avui, 28-1-2012). 
En 2010 Josep M. Muñoz le hizo en la revista L'Avenç una larga entrevista biográfica con el título “Frederic-Pau Verrié, la fe en las cosas pequeñas”, así como otra a Enric Tous en 2013. En ninguna de las dos se habla de aquel inocente “falansterio” de Cruïlles. Aquí, a diferencia de Francia, los aspectos privados de los personajes culturales se ven recubiertos con frecuencia por un velo de puritanismo. 
El arquitecto Enric Tous podía parecer el más circunspecto, solo parecerlo. Conocían desde dentro los círculos sociales del país, de los que formaban parte activa pero crítica. Eran personas de criterio libre. Para dar cualquier discrepancia por zanjada, Verrié repetía: “Algunos desearían someterme a la comisión de disciplina interna del PSC, pero olvidan que yo la presido”... 
Maria-Luïsa Borràs nos dejó en 2010, a los 79 años. Enric Tous lo hizo dos meses después de Verrié, a los 92. He esperado un tiempo para evocar aquella vertiente privada, para reír de nuevo con ellos, en homenaje.

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