9 sept. 2017

Caminata dialogante hasta el ombligo del mundo, en Pedrinyà

El auténtico ombligo del Empordà, considerado como un mundo, está en Pedrinyà. Se trata de un núcleo de 9 habitantes agregado al municipio de La Pera, que tiene 450 (no confundir con el otro Pedrinyà, agregado al municipio de Crespià en la comarca del Pla de l’Estany). Admito que el consenso  sobre ese rango del Pedrinyà ampurdanés pueda ser relativo, pero en esta vida todo es relativo. Si los incrédulos llegan a Pedrinyà dando un paseo a pie por los caminos del valle de La Pera en compañía de algún amigo dialogante y socrático, como yo hice con Miquel Bofill, lo entenderán sin dificultad. Empezamos a caminar bajo un cielo espléndido que la tramuntaneta dejaba limpio como una patena y tonificado como un deseo adolescente. Los caminos del
valle de La Pera tienen fama merecida de pequeño y secreto paraíso terrenal, si se recorren en día laborable (los fines de semana y en temporada alta el país en general adopta una doble vida y cambia mucho).
Entre semana sus bosques resultan amables, calmados, amenizados por pájaros audibles. El minifundio de los sembrados aparece ordenado, las rieras fluyen --cuando pueden-- a punto de desguazar pacíficamente en el Ter, los campanarios se ven coronados por pináculos góticos y los hostales se especializan a veces en legendarios guisados de pies de cerdo. 
Caminábamos charlando de nuestras cosas. En determinados cruces nos equivocamos de ruta, aunque perderse en algún momento por los caminos del valle de La Pera importa poco. Cualquier desvío o atajo forma parte del mismo microcosmos en red y desemboca, tarde o temprano, en el destino deseado, mientras se desfila bajo robles, nogales y granados como no se ven en ninguna otra parte.
Los caminos del valle de La Pera son de una sencillez trabajada con acierto por el paso del tiempo y de los hombres, hasta darles una dimensión aparentemente espontánea, una combustión del genio del lugar que balancea graciosamente por la fricción del aire.
Se beneficia de la proximidad de la carretera general de Girona a Palamós y la estación de tren de Flaçà. La Pera –nombre que deriva del latín Petra o piedra— es la patria natal del general Francesc Savalls, aunque las guerras carlistas parezcan hoy tan lejanas como el paso de los elefants de Aníbal. Henry y Dídac Ettinghausen, padre e hijo, son autores del libro La Vall de la Pera en que explican que “a finales de los años 1970  el número de coches superó al de carros, y a comienzos de los años 1990 de carros ya no se veía ni uno”. Explican muchas más cosas sobre la rápida mutación del lugar. 
A Miquel y a mi en Pedrinyà no nos esperaba nadie, pero sabíamos que encontraríamos a Pere Garangou. Bordea los 80 años y es el responsable del huerto y el jardín más primorosos de la comarca, peinados como un cuadro de pintura de caballete, alrededor de la milenaria iglesia románica de Sant Andreu de Pedrinyà. Puede abrirla mediante una llave gigantesca si se lo piden.
En 2003 una promotora de segundas residencias proyectó frente a Pedrinyà, en el Puig d’en Font, una urbanización de un centenar de casas. La plataforma Salvemos Pedrinyà se movilizó, ganó la alcaldía en las elecciones de 2007 y, una vez desinflada la burbuja inmobiliaria, llegó a un acuerdo para comprar los terrenos y declararlos no urbanizables.
Los caminos del valle de La Pera son reales y actuales, no ninguna sublimación. Forman parte de un mercado vigente y de su lucha sorda. Cuando se camina por ellos con cierto conocimiento y ternura, actúan con un amor correspondido. No resuelven nada por sí solos, pero ayudan, ¡vaya si ayudan! 
El maestro de periodistas que fue Manuel Ibáñez Escofet escribió el 19 de abril de 1982 en el diario La Vanguardia: “Mientras ocurren todas estas cosas en el lavadero público electoral, el día de ayer fue precioso. El sol estuvo en su sitio, el aire era fino y estimulante, el mar respiraba con tranquilidad, el campo era una maravilla. La primavera reinaba con todo su esplendor. Y esto es lo que cuenta. Los hombres y las mujeres pasan. Y los políticos, no digamos. Lo que queda es esta verdad última que da tono y personalidad a los pueblos y a los paisajes, una verdad que nace de la tierra y de las gentes que la habitan, desde siglos o desde hace cuatro días”.

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