21 oct. 2017

Ayer respiré hondo en el Montseny de abajo, con comida asegurada

Al día siguiente de las lluvias suele lucir una mañana radiante de aire finísimo, mojado pero renaciente, que invita a adentrarse en el bosque recién lustrado. Ayer fui a caminar al Montseny, más exactamente al Baix Montseny, entre Campins y la deliciosa ermita de Sant Guillem. Es un camino de prados y bosque de una belleza y una calma aseguradas, y de una comida posterior igualmente garantizada. Pocos días atrás la escritora india Arundhati Roy, la de El dios de les cosas pequeñas, presentó en Barcelona su nueva novela El ministerio de la felicidad suprema, y dijo al público: “Recuerden esto: cuando ocurren cosas importantes es necesario parar y respirar”. Le hice caso y la caminata fue provechosa. El Montseny tiene un aire de
balada centroeuropea, de selva negra germánica, de alpina helvética. Las neblinas se levantan como un souflé de la alfombra de helechos y enebros, de los setos de arándanos y espinos, las matas de brezo y barrón.
Jaume Bofill i Mates se adjudicó el pseudónimo de caballero medieval Guerau de Liost y con este nombre publicó en 1908 el poemario La muntanya d’ametistes, la piedra preciosa que el autor relaciona por analogía poética con el Montseny por el manto arbustivo violáceo que forman las landes secas del brezo.
Estos días de otoño le sale al bosque un acné vistoso, brillante, colorido, de un encarnado restallante que contrasta con la tonalidad general. A la orilla de los caminos el rebrote silvestre llama la atención entre musgos, agujas de pino y zarzales. 
A pesar del rojo subido de esta baya carnosa, el madroño o cereza de pastor tiene fama de ofrecer una pulpa áspera, de escaso sabor. En cambio yo lo tengo presente en suaves mermeladas, deliciosas ratafías, delicadas salsas de platos de caza... Debe ser que se ha de saber tratar con las cosas del bosque.
Me gusta topar con su rojo otoñal en el recodo de cualquier camino, en la versión modesta de arbusto capaz de poner un toque espontáneo de color tan vivo a la uniformidad general. Saludo a la cerezas del madroño que cruzo a mi paso con el mismo entusiasmo que ellas le ponen. 
A la hora de comer me instalé en el restaurante Can Carrau, a la sombra vibrátil de la moreras de la terraza exterior. Lo elegí por las “Carrilleras de cerdo a la salsa chimichurri” que Susana Passolas y Oriol Vicente han puesto en la carta desde el primer día de reabrir el establecimiento.
Hasta el año pasado Susana Passolas era la chef del restaurante barcelonés I Quatro Stagioni y Oriol Vicente del Àpat, que un reportaje del The New York Times destacó como un de los mejores bistronómics de Barcelona. Ahora respiran hondo en el Montseny, tal como recomienda Arundhati Roy.

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