14 oct. 2017

Las ostras de Leucate, sin mantel ni miramientos, en compañía

La foto adjunta no corresponde a ningún mísero barrio fluvial del sureste asiático, sino al confín catalán de Leucate, donde sirven las ostras recién extraídas del mar, a precios más asequibles en los chiringuitos de los propios criadores que no alcanzan la condición oficial de restaurantes, aunque lo sean. Si el dicho sobre la extensión de los Países Catalanes fuese exacto, debería decir: “De Leucate a Guardamar y de Fraga a Maó”. Leucate marca en el litoral –como Guardamar en Alicante— el límite lingüístico que Salses define en el inmediato interior. En la última comarca catalana de la Salanca, entre las áridas Corberas narbonesas y el Mediterráneo abierto, las marismas de aguas bajas y
lívidas de la laguna de Leucate o de Salses hacen frontera entre el Rosellón y el Languedoc. “Leucata es la avanzadilla de la gabachería”, escribió Josep Pla, allí donde Josep Sebastià Pons habló de “los tristes matorrales de la gabachería”.
La sábana de la laguna, separada del mar por el cordón de dunas, tiene 14 km de largo y 7 km de ancho. En esta franja se han hecho milagros. No son forzosamente tierras tristes, aunque las convirtieron en inhóspitas, calvas y polvorientas, de un calcáreo que apenas permitía cultivar un vino grueso y pescar anguilas fangosas. En invierno el viento helaba la tierra, en verano los mosquitos la martirizaban. 
Hasta que el gobierno Pompidou, celoso de ver desfilar los coches de turistas hacia España, lanzó en 1962 un faraónico plan de urbanización del litoral del Languedoc-Rosellón. Atrajo inversiones a los 180 km de playas desiertas, creó empleo y fomentó la economía de una región marcada por la escasa industrialización y el monocultivo de la viña. 
El pueblito de Leucate (el nombre proviene del griego Leukos, blanco) cuenta hoy con 4.000 habitantes y 40.000 veraneantes. La franja de carretera que hace pared con el mar une el puerto de vacaciones con el pueblo. El cordón litoral de la laguna genera amplias playas, frecuentadas por surfistas y naturistas. La cinta del arenal tiene tres bocas o canales de comunicación con el mar: el grau natural de Leucata o de los Ostricultores, el artificial de Port Leucata abierto en 1968 y el de Sant Àngel en el extremo sur. 
Son el escenario, hoy transformado, de la navegación que relata la narración Contraban, de Josep Pla, ambientada en los años 1940. Dudo mucho que ningún otro autor haya hecho literatura de estas marismas como él. 
Desde 1963 en Leucate se cultivan ostras (600 toneladas anuales). Pueden comerse todo el año frente por frente de las plataformas donde se crían, acompañadas por el vino de Fitor (Fitou) de las viñas inmediatas, batidas por el viento, lamidas por la marinada y nutridas por el secano perfumado de las Corberas. 
La mejor época de las ostras es entre noviembre y enero, comidas al cálido resol invernal junto a un grupo de amigos. Con las ostras, la compañía es siempre importante.

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