15 oct. 2017

Los mejores restaurantes de carretera carecen de ranking

Tras cinco meses de obras de reforma, acaba de abrir de nuevo el mejor restaurante del mundo, según el ranking británico The World’s 50 Best Restaurants, que anteriormente consagró en este primer lugar a El Bulli o al Celler de Can Roca gerundenses. Se trata del restaurante Eleven Madison Park, del cocinero sueco Daniel Humm, situado en la planta baja del rascacielos Metropolitan Life, en el número 11 de Madison Avenue, en pleno Manhattan neoyorkino. Para reservar mesa la lista de espera es de un mes como mínimo. El menú degustación cuesta 295 dólares (bebidas a parte, la botella de vino más barata arranca a partir de 175
dólares), aunque también ofrece otro menú a tan solo 145 dólares por persona.
Nunca he comido en el restaurante Eleven Madison Park ni, de momento, tengo previsión de hacerlo. En cambio ayer sábado comí muy bien en el restaurante de carretera Ca la Gemma, en L’Armentera (Alt Empordà), donde me sentí infinitamente más cómodo y satisfecho de lo que probablemente conseguiría sentirme en el establecimiento más valorado del mundo.
Ca la Gemma, regentado por Gemma Lladó, abrió en diciembre 2004, con la abuela Montse Gual Puigvert en los fogones. Era una reproducción costera del restaurante que la misma familia Lladó posee en la plaza Mayor de Viladesens, en el interior de la comarca del Gironès.
El establecimiento de L’Armentera, al pie de la carretera de Roses en dirección a Sant Pere Pescador, dispone de un comedor para 80 comensales y una terraza a la sombra de las moreras para 100 personas más. Algunos deben considerarlo un mero "hartapobres", por su menú diario de 10 € y su carta de días festivos con zarzuela de pescado a 18€.
Es cierto que en los alrededores inmediatos de Ca la Gemma se encuentran restaurantes más refinados, más idílicos y más caros. Pienso en establecimientos vecinos, de situación y calidad excepcionales, como los restaurantes Mas Concas en Cinc Claus, Pera Batlla sin salir de L’Armentera o La Sal en Ventalló.
Sin embargo para mi mantener la alta dignidad del restaurante de carretera, basada solamente en el encanto precario de las cosas básicas, tiene el mismo mérito que el del número 1 del mundo mundial. O quizás más.
Fuimos con un grupo de amigos que deseaban visitar el Teatro-Museo Dalí de Figueres, con la entrada comprada por anticipado desde el extranjero. Me pidieron que saliéramos lo bastante pronto para desayunar de tenedor en la terraza de la Cooperativa de Garriguella. Su deseo me colmó de gozo, como una prueba escasa de los resultados de mi apostolado.
Bien desayunados, recorrimos el museo daliniano. A continuación, de camino hacia Ca la Gemma, les mostré los magníficos senderos de tierra transitables entre campos de manzanos de L’Armentera.
En el restaurante Eleven Madison Park neoyorquino todo eso no lo tienen. Y los amigos, allá, tampoco serían del mismo talante que los de ayer.

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