26 feb. 2018

Tengo ahijado a un almendro silvestre en el Coll de Banyuls


En el suave cambio de rasante del Coll de Banyuls los gobiernos de París y Madrid colocaron la frontera estatal a raíz del Tratado de los Pirineos de 1659. Cuando la carretera alcanza la asequible cima, forma un mirador. Allí crece un almendro silvestre, aislado, hijo natural de alguna semilla errante llevada por el viento. Amo a este árbol casual, indeseado, náufrago de algún regate de la naturaleza. Nadie lo ha podado ni educado nunca. Las cuatro ramas que surgen de la base crecen como quieren, aferradas al orgullo del superviviente pese a la falta de caricias, la incomprensión del mundo, la crudeza del destino de la criatura desamparada que muerde la polvo en su espontánea peana con la
dignidad natural, el auténtico rango que no tiene nada que ver con la nobleza comprada o heredada.
Florece cada invierno en un ejercicio de rigor y ternura sobre este suelo áspero, aunque aireado y claro, frente all rictus de los demás árboles deshojados. Su floración contrapuntea las simientes mudas. Las flores del almendro silvestre, despiertas como pupilas vivas, son el resultado de un pequeño milagro, la distensión de una fuerza biológica sorda, el chisporroteo de un deseo cincelado por el viento.
Albert Camus dijo en la narración Los almendros: “Cuando vivía en Argel, sentía todo el invierno una inquietud porque sabía que, en una noche, una sola noche fría y pura de febrero, los almendros del valle de los Cónsules se cubrirían de flores blancas. Me maravillaba ver como esa nieve frágil resistía todas las lluvias y los vientos del mar. Y cada año persistía apenas el tiempo preciso para germinar el fruto... Ante la enormidad de la jugada en que nos encontramos envueltos, es necesario tener muy presente, sobre todo, la fuerza de carácter. No hablo de aquella que en las tribunas electorales acompaña a las cejas fruncidas y las amenazas, sino la que aguanta todos los vientos del mar con su blancura y su savia. La que, dentro del invierno del mundo, hace germinar el fruto”. 
Cada vez que paso por el Coll de Banyuls beso con la mirada a mi almendro silvestre mientras me acodo, abstraído, en la baranda de madera del mirador. Escucho sonidos que nunca escucho. Le dedico unos instantes lentos. Veo de repente el valle de Banyuls con el dibujo, el color y la carne de un cuadro de Giorgione. 
Hace tiempo que conozco este camino, lo describí en mi libro de 1984 El Pirineu, frontera i porta de Catalunya cuando solo era una pista de tierra en mal estado, sellada por la implantación de la frontera estatal y convertida en camino secreto de contrabandistas. El paso del Coll de Banyuls debe parecer apartado al volumen de personas que transitan por La Jonquera y El Pertús. En cambio yo lo veo como una proa exacta de mi mundo, un microcosmos que me hace violentamente feliz. 
El lugar lleva en germen una sangre muy antigua, lejana y honda. Con frecuencia conduzco hasta aquí a los amigos y nos ponemos fácilmente de acuerdo sobre la eminencia del Coll de Banyuls. También influye la grandiosa visión previa del Canigó nevado, la butifarra del desayuno en el bar de la cooperativa vinícola de Garriguella, el recorrido maravillado del viñedo de Banyuls, el tributo sentimental ante la tumba de Antonio Machado en Collioure y la comida posterior en casa María de Mollet de Peralada, con su carrito de postres de tres pisos. Aunque, secretamente, yo voy sobre todo por el almendro silvestre que tengo ahijado.

0 comentarios:

Publicar un comentario