28 mar. 2018

Fíjense estos días en los zarcillos nacientes de la viña

Es un poco pronto, el termómetro primaveral no ha subido mucho, pero en seguida que las cepas de la viña empiezan a brotar, me acerco a ellas para admirar la forma de los pámpanos nacientes, uno de los perfiles más esbeltos que haya inventado nunca la naturaleza. También presto atención a los zarcillos, el delicado órgano filamentoso de la viña que crece en paralelo a las hojas y permite que los jóvenes sarmientos trepen, como para recordarnos que esta planta tan civilizada era en su origen una simple liana. Los pámpanos representan, ya lo he dicho, un prodigio de diseño natural. Los zarcillos son igual de necesarios y más
tiernos todavía. Uno de los estudios más detallados y precoces sobre los zarcillos lo publicó en 1865 Charles Darwin con el título On the Movements and Habits of Climbing Plants (Sobre los movimientos y hàbitos de las plantas trepadoras).
La novelista francesa Colette editó en 1908 el conjunto de breves narraciones autobiográficas Les vrilles de la vigne (Los zarcillos de la viña), prosas poéticas sobre el amor por la naturaleza en el pueblo de su infancia en la Borgoña. Se encuentra actualmente reeditado en la colección francesa Livre de Poche al precio de 1,50 €. Esta última cifra no es ningún error. 
En el pueblo de Les Gunyoles, agregado a Avinyonet del Penedés, inauguraron en 2014 el invento de los miraviñas. El primero de todos fue bautizado Mirador del Circell (Zarcillo). El nombre no es inocente.
Hace referencia a la forma espiral que los diseñadores dieron a la miranda, habilitada en el Puig de la Mireta, sobre la pauta del órgano prensil, el fino tallo que permite cada primavera a las ramas de la viña enroscarse como una hélice alrededor de los tutores para que los pámpanos dejen pasar el sol y madurar la uva. La viña es una liana, los zarcillos son sus dedos. 
La forma helicoidal del mirador está destinada a que el visitante de la vuelta completa a la vista que ofrece: el llano del Penedés, el macizo del Garraf, el Mediterráneo, Montserrat, el Pirineo nevado... El impacto de la pequeña instalación es literalmente espectacular, incluso demasiado. 
La visión panorámica goza de un prestigio exagerado. El infinito es un mito que permite ver poca cosa. La inmensidad diluye la riqueza de los detalles, el latido de la realidad concreta, el valor de las pequeñas cosas, la importancia de cada pieza. Los grandes panoramas inducen a la vaguedad, mientras que la proximidad lleva a tocar de pies en el suelo. 
Prefiero el efecto lupa, el contacto táctil con las cepas, los zarcillos, los pámpanos y sarmientos. A veces es necesario arremangarse para ponerse a la altura de la tierra y sintonizar un poco con ella. Algunas cosas importantes precisan ser vistas de cerca, acariciadas con la mirada concentrada en la infinita sabiduría de los repliegues más íntimos de la vida, como la de un pie de viña.

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