2 mar. 2018

La fidelidad del poeta Joseph Brodsky a la ciudad de Venecia

Joseph Brodsky, nacido y criado en San Petersburgo, empezó de joven a practicar la poesía y la traducción. A los 24 años fue acusado por el régimen soviético de “parasitismo social” y condenado a cinco años de trabajos forzados, de los que solo cumplió uno y medio gracias a la intervención de Jean-Paul Sartre y otros intelectuales. Las autoridades le “sugirieron” que abandonase la URSS. Lo hizo con una maleta que contenía la máquina de escribir y un libro de poemas de John Donne. Encontró empleo de profesor en universidades norteamericanas, primero la de Michigan y luego la Columbia de Nueva York. Con el primer sueldo de profesor adoptó bla costumbre, desde 1972,
de pasar las vacaciones académicas de Navidad y Año Nuevo en Venecia. Lo mantuvo durante diecisiete años seguidos. Se derivó su magistral libro en prosa Marca de agua y varios poemas.
En 1987 le concedieron el premio Nobel de Literatura. Poco después conoció durante unas clases que impartió en la Sorbona a la joven estudiante italiana Maria Sozzani, “de ojos color de mostaza y miel” (foto adjunta). Se casaron en 1990, tuvieron una hija. 
Joseph Brodsky murió de un ataque cardíaco en 1996, a los 55 años. Está enterrado en el cementerio veneciano de la isla de San Michele. En la cara posterior de la lápida figura el epitafio Letum non omnia finit (La muerte no acaba con todo).
De la luz invernal de Venecia, sombra viciada de vaguedad, sin atrevimiento ni clarividencia, él extrajo luminosos instantes de justicia poética a fuerza de orzar contra el viento, intentando avanzar en zig-zag. Releo el sonido, el ritmo, el relieve, la grandeza que corre por las venas de las palabras de Brodsky los días que en que me siento cansado de la lucha larga y áspera contra el apogeo de la estupidez vocinglera, el bluf ampuloso del embrutecimiento, el mal gusto inflado de la riqueza tramposa, el alud de ignorancias del furor mediático, el vandalismo institucionalizado, el picor de los estados flotantes del drama romántico, la vulgaridad envanecida del absurdo y la verborrea inherente a los ciegos que no saben que lo son.
Nadie en su sano juicio debe pensar que el tiempo, el amor ni la literatura lo curan todo, aunque a veces  calman el nervio dolorido de la vida gracias a un brizna de de amabilidad, ternura o compasión, en una lección de lucha callada y esperanza, dentro de un silencio dulce capaz de alcanzar el trémolo mediante una disposición antiretórica ágil y exacta com el vuelo de un pájaro.

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