30 mar. 2018

Los naranjos de mi calle y los giros tan extraños del destino

Los servicios municipales plantaron en la calle donde vivo naranjos en hilera, de perenne hoja reluciente y fruto colorido, cromático, iluminado. Es un árbol melodioso hasta en su nombre de Citrus aurantium. Los he visto arraigar día tras día como quien ve crecer a los hijos. El naranjo situado justo enfrente del portal de mi casa es uno de los que ha crecido con mayor decisión. Levanta su copa casi hasta mi balcón, en un segundo piso. Las precoces flores blancas que se convertirán en naranjas rollizas engendran el milagro anual: la fragancia fresca, la esencia pura del azahar penetra por la puerta abierta del balcón del comedor. Entonces compruebo que se ha instalado la primavera un año más y extraño intensamente Sevilla. Yo ignoraba qué es
el azahar hasta que trabajé durante un verano como estudiante becario en la redacción del diario ABC de Sevilla. Allí aprendí algunas cosas de primera importancia, empezando por la embriaguez sensual de la flor del azahar, que ahora tengo delante de casa, dentro de casa. 
Escogí el turno de noche, el de mayor intensidad. La redacción se encontraba fuera del centro de la ciudad y no había transporte público para volver a casa a la hora en que terminábamos. El diario ponía un coche utilitario con chófer de la empresa para conducirnos. 
No me podía dejar frente al portal de mi domicilio porque vivía en pleno barrio histórico de Santa Cruz, cerrado a la circulación rodada. Me dejaba en la esquina de los Reales Alcázares y cada madrugada recorría a pie el dédalo de callejuelas que unen la plaza de Doña Elvira con la calle del Agua, donde me alojaba. 
Mis pasos resonaban en la calma de la noche e intentaban acompasarse con el murmullo de la fuente. A aquella hora los pasos y los surtidores retumban en el barrio de Santa Cruz con un sonido cristalino, suavísimo, solitario, aunque acompañado por la tibieza que emana la eclosión exaltante de los jazmines y el azahar, los limoneros y alcaparros, los magnolios y la albahaca, las glicinas y el almizcle. 
Sevilla era una ciudad de olores vivísimos, aunque esas cosas no se aprecian cuando se está a punto de cumplir dieciocho años y ganar el premio Pulitzer. Reaparecen al cabo de mucho tiempo, al comprobar que nunca más un diario me ha acompañado de madrugada a casa en coche de la empresa, que no he hallado en ninguna otra parte del mundo un barrio como el de Santa Cruz ni una plaza como la de Doña Elvira, que de todo aquello hace ya cincuenta años y no he ganado el premio Pulitzer. 
La embriaguez urbana del azahar me dejó un vacío en el currículum. Hasta que muchos años después plantaron naranjos en mi calle y la he reencontrado sin esperarlo. El destino, a veces, es un enigma propicio.

0 comentarios:

Publicar un comentario