16 abr. 2018

La lágrima de cada mañana, sin más apoteosis que la natural

Al salir de casa de mañanita suele aparecerme una tímida lágrima en la comisura de los ojos. La película lacrimal se irrita al contacto repentino con el fresco del exterior y reacciona. Me molesta, siempre debo andar con kleenex en el bolsillo. Me da media vergüenza que me vean lagrimear y me tomen por un llorón. He visitado al oculista. No le ha dado importancia ni remedio. Me ha informado que en oftalmología el fenómeno se denomina epífora y que, entre los varios canales excretores de los humanos, el lacrimal es un misterioso y delicado sistema hidráulico. La glándula lacrimal mantiene la producción interna constante, desborda ocasionalmente al exterior por una reacción refleja atmosférica, de dolor, lumínica o emocional. Esta hipersecreción supera la capacidad de drenaje de las fosas nasales y rueda por la mejilla en forma de lágrima
acuosa, ligeramente salada. Todos los mamíferos lloramos: gatos, perros, vacas, caballos, etc.
Su explicación me ha dejado bastante indiferente, aunque me gusta que mi mal se llame epífora, palabra compuesta por el prefijo griego “epi” (sobre, encima) y el sufijo “phorö” (yo llevo). He salido orgulloso de la consulta como portador de mi epífora, que hasta entonces me había importunado tanto.
Lo veo como una molestia asumible. Incluso le he encontrado el lado positivo: se trata de una reacción beneficiosa del ojo para mantenerse humectado, despierto y en estado de rendimiento. No es preciso hacer un drama. 
De mañanita, en invierno, lagrimeo un poco más al salir a la calle. No es preciso darle vueltas, es poca cosa. La aparición de la sensación húmeda en el rostro parece reclamar el derecho a llorar por causas naturales, cotidianas, rutinarias. Si no le pongo pronto remedio con el pañuelo, la lagrimita empieza a rodar por la mejilla y tengo que atraparla al vuelo, a medio recorrido, antes de que se embale. 
La echo de menos si alguna mañana de clima más propicio no hace aparición en la comisura de mis ojos. Se ha convertido en un indicio de mi capacidad de reaccionar para adaptarme al mundo exterior.
La mirada tiene sus fluidos y no siempre son de tristeza ni desespero. No dramaticemos con las lágrimas. Al contrario, esa tan matinal representa una especie de saludo, de lubricante, de bienvenida al aire libre, de minúsculo peaje por el contacto con la realidad y sus variaciones de temperatura. 
La recibo con alguna canción que murmuro para el cuello de mi camisa mientras doy los primeros pasos por la calle. Procuro que la letra o la melodía guarden alguna relación con la aparición de la lágrima, aunque cualquier alusión al fenómeno suela ser dramática en la versión tradicional y prácticamente inevitable. La intención era saludar a mis lágrima, no mitificarla. 
Me viene a la mente el fado “Lágrima”, una de las letras más bellas del mundo, escrita por Amália Rodrigues sobre una música del guitarrista Carlos Gonçalves:

Se eu soubesse que morrendo
tu me havias de chorar,
por uma lagrima, que alegría,
me deixaria matar.


El tema ha conocido muchas versiones, incontables cantantes de distintos géneros y países se han considerado obligados a versionarlo como una especie de apoteosis. Ese es el problema. Nadie como Amália ha sabido interpretarlo con la apoteosis de la lágrima justa y natural como la mía.

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