6 jun. 2018

Como un intruso en la vieja Sorbona, por el ojo de la cerradura

Durante los ocho años en que trabajé como director de Comunicación de la UB en el caserón de la Plaza Universitat, una de las cosas que me seducía más era el aura del propio edificio, sus laberintos cotidianos, ya fuesen arquitectónicos o humanos. Seguramente por eso he querido visitar el interior de la Sorbona en el Barrio Latino parisino, una de las universidades históricas de mayor renombre. Cada día constituye un hormiguero de estudiantes y profesores, pero no está abierta al público. El primer domingo de mes ofrece una visita guiada como monumento histórico, a la que me acabo de acoger tras largas décadas de girar a su alrededor con los ojos muy abiertos. Actualmente el edificio, reconstruido en 1905 en un estilo renacentista
un poco operístico, alberga cuatro universidades públicas de las trece que suma la capital francesa. Lo único que mantiene de la anterior configuración es el patio de honor (foto adjunta) y la capilla donde se halla enterrado el cardenal Richelieu, alumno de la Sorbona antes de convertirse en primer ministro del rey Luis XIII.
La Revolución de 1789 la clausuró por considerarla un foco de consolidada carcundia y convirtió la capilla donde se hizo enterrar Richelieu en templo de la Diosa Razón y taller de artistas. La Tercera República la reconstruyó cuidadosamente como emblema del sistema republicano de enseñanza superior y del prestigio cultural de Francia. 
Las explicaciones históricas del conductor de la visita guiada a lo largo de las distintas dependencias centrales me dejaron completamente frío. Una universidad visitada en grupo un domingo por la mañana, sin estudiantes ni profesores, resulta un  organismo sin sangre, gélido. La única gracia es recorrer libremente entre semana la vitalidad de aquellos concurridos laberintos cotidianos, arquitectónicos o humanos.
La actual Sorbona republicana solo deja visitar las aulas dos días al año, con motivo de las Jornadas del Patrimonio que este año caen el 15 y 16 de septiembre. Aunque sin el hormigueo de estudiantes y profesores cualquier día festivo siga siendo una mamotreto gélido.

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