16 jun. 2018

Todos los mitos griegos, frescos del dia, en la paella de Cala Pelosa

El amigo Quim Curbet no me hizo subir ayer a ninguna de las ermitas telúricas sembradas a lo largo del país y se avino a una salida pagana en bañador al cabo Norfeu, lo más parecido que tenemos al mito griego de cabo Sunion, aunque aquí sin templo dórico al dios Poseidón. En la aislada y bellísima cala Jóncols, a medio recorrido del camino que costea entre Roses y Cadaqués, la hija del rey de los feacios Nausica hubiera podido enamorarse perfectamente del náufrago Ulises, embriagada por la fragancia de los eucaliptos y de las algas y posidonias que alfombran la arena de la playita. Es un paisaje antiguo poseído por una grandeza que no necesita grandiosidades, tal vez ni siquiera necesita mitos griegos. El filólogo Narcís Garolera sostiene
que el topónimo debería ser “Nofeu” y que procede de un nombre germánico de persona.
El solitario Hotel Cala Jóncols lo abrieron en 1965 propietarios italianos junto la barraca de pescadores deshabitada. Cuatro años después llegaron de Andalucía para trabajar en el establecimiento el matrimonio de Pepe Gómez y Rosario Fernández. El hotel cerró diez años mas tarde i la temporada siguiente lo reabrieron Pepe y Rosario, padres de los actuales responsables Michael y Juanma Gómez, y abuelos de Alexis i Alicia que también trabajan en él.
Al comienzo tenían huerto, criaban conejos, gallinas y cerdos, pescaban, vareaban los olivos para elaborar aceite y destilaban miel de los panales. Ahora los hijos envejecen botellas de vino bajo el agua, han abierto un centro de buceo y un servicio de taxi-boat (conservan la “viña más pequeña de Catalunya” y las gallinas). 
La temporada laboral de verano es corta y el resto del año se hace largo, de modo que el contrabando era tradición en la zona. El diario El Punt publicó el 24 de julio de 1991: “El empresario que regenta el Hotel Cala Jóncols, José Gómez Rodríguez, y Francesc Mas Blanch Ponce, que trabaja en la empresa familiar concesionaria de la recogida de basura de Roses, fueron detenidos el pasado viernes en Collioure en un vehículo todo terreno Nissan Patrol con diez kilos de heroína, que una vez puestos en el mercado habrían podido alcanzar un valor de unos cien millones de pesetas”. 
El hermano Juan Gómez Rodríguez y su mujer Isa abrieron con los hijos en la cala de al lado, como una sucursal, el chiringuito-restaurante de cala Pelosa, resguardada maternalmente del viento de tramontana per la mole del cabo Norfeu, un privilegio que siempre ha conducido a fondear aquí las embarcaciones, antes de pescadores y ahora de veraneantes. 
No debe confundirse este restaurante de playa, abierto de finales de marzo a mediados de octubre, con la antigua barraca comunal de pescadores, documentada desde el siglo XVII y todavía en activo justo al lado. Era un refugio para los días de pésima mar, antes de poder regresar a puerto. Debidamente restaurada, sigue acogiendo grupos de amigos que prefieren hacérselo ellos mismos. 
Durante la Guerra Civil operó en la bucólica cala Pelosa un campo de trabajo de un centenar de presos republicanos, sobre todo soldados juzgados y condenados por deserción, destinados a cavar fortificaciones costeras. Se mantuvo después de la guerra, hasta 1945, con presos del otro bando obligados a seguir abriendo la pista militar entre Cadaqués y Roses, con un ramal hasta Punta Falconera para instalar las baterías de cañones que controlaban la entrada al golfo de Roses, junto a las de Montgó en el otro extremo. 
Quim Curbet y yo comimos ayer en cala Pelosa una paella en la que vibraban todos los antiguos mitos de la civilización griega, frescos del día. En sus ermitas telúricas eso no ocurre, o yo no sé percibirlo. Convininos durante la sobremesa que a la punta del Cabo Norfeu le quedaría bien un templo dórico desmochado y majestuoso para poderle recitar desde cala Pelosa a la hora del café la inmortal elegía de Carles Riba (aquí en traducción de Alfonso Cosfreda):

¡Súnion! Te evocaré desde lejos con un grito de alegría,
a ti y a tu sol leal, rey de la mar y del viento:
por tu recuerdo, que me yergue feliz de sal exaltada,
con tu absoluto mármol, noble y antiguo yo como él.
¡Templo mutilado, desdeñoso de las otras columnas
que en el fondo de tu salto, bajo la ola riente,
duermen la eternidad! Tú velas, blanco en la altura,
por el marinero, que por ti ve bien dirigido su rumbo;
por el ebrio de tu nombre, que a través del desnudo monte bajo
va a buscarte, extremo como la certeza de los dioses;
por el exiliado que entre arboledas sombrías te vislumbra
súbitamente ¡oh preciso, oh fantasmal! y conoce
por tu fuerza la fuerza que le salva de los golpes de azar,
rico de lo que dio, y en su ruina tan puro.

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