Quienes tienen corazón de amianto, quienes ignoran la categoría moral de las pasiones y ya no saben dónde está la carne tibia de un día piensan que los boleros son unas baladas de sacarina, un rapto de bisutería sensual acidulada, con sabor pero sin sustancia, despachada mediante cuatro tópicos románticos sobre la palpitación ocasional de las vísceras. Se equivocan de lleno, pobrecitos, a propósito de la auténtica pulpa del asunto. Algunas de las mayores verdades de esta vida y de las más sólidas fulguraciones se
