Han llegado, finalmente, las anheladas lluvias que marcan cada septiembre el fin del bochorno. Vivimos en un país de clima generalmente benigno comparado con la pluviosidad atlántica, las heladas nórdicas o los monzones asiáticos, sin embargo nuestro reloj climático es incapaz de renunciar a los cambios de estación que esperamos y celebramos cuatro veces al año. Somos un país de ropa de invierno y ropa de verano perfectamente diferenciadas, un país de clima bastante estable que conmemora cada equinoccio como un vuelco del año, casi un cambio de vida. Cuando el veraneo en la playa se alargaba hasta mediado septiembre, concluía con una lluvia puntual, acompañada por truenos y relámpagos sobreactuados. El cielo del verano se ennegrecía de golpe, tenebroso como en el Báltico. Soltaba la tromba de agua sobre
