Al reformar el piso en que vivo, tiré tabiques para ampliar espacios. En el dormitorio junté dos antiguas habitaciones para dar cabida a un vestidor y una cama de 2x2 metros que las circunstancias de la vida han convertido en holgada. He acabado por acostumbrarme a dormir en diagonal con mucha libertad de movimientos (sobre todo cilíndricos), aunque no me desagradase cuando topaba con algún obstáculo tibio, palpitante y exigente. Todo sumado y restado, aun conservo un vivo afecto por mi cama. El momento preciso del día en que me instalo en ella sigue siendo uno de los más placenteros de todos. El contacto con las sábanas limpias y fragantes representa una caricia. Leer en la cama constituye uno de los rituales cotidianos más productivos de mi trabajo, dentro del
